¡INAPLICABILIDAD DE LEY Nº29944 LEY DE REFORMA MAGISTERIAL; PAGO INMEDIATO DEL 30% POR PREPARACION DE CLASES Y EVALUACION!

Para tener Presente

"Los Maestros, al ponernos al servicio del Estado, no hemos vendido nuestra conciencia ni hipotecado nuestras opiniones, ni hemos perdido nuestra ciudadanía. El hecho de recibir una suma mensual de dinero significa sólo el pago de nuestros servicios profesionales, pero no el pago de un silencio y de una conformidad que repugna. Quienes pretenden que el maestro debe "callar, obedecer y trabajar", están en un error, y cometen un insulto a la dignidad humana... ". José Antonio Encinas

¿REFORMA EDUCATIVA?

¿Reforma educativa para mejorar la calidad académica? Es posible esto sin atender el rezago educativo en materia de infraestructura en zonas marginales, con estudiantes mal alimentados y desnutridos, sin planes de estudio acorde a las necesidades de la población.

Evaluar a los maestros, ¿Quiénes, las instituciones corruptas del Estado? ¿La Ministra Bachiller que no sabe quien proclamó la independencia del Perú? ¿Los intelectuales “expertos” de la televisión? ¿Los periodistas mercenarios asalariados de la gran empresa?


ley de reforma magisterial y la destitucion por inasistencia y tardanza

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20 junio 2013

PODER POPULAR : EL CAMINO HACIA UNA SOCIEDAD CON VERDADERA DEMOCRACIA

 "Soy comunista y eso no es un delito, quiero el mejor futuro para mi pueblo y eso no es un crimen; salvo para los que mandan y oprimen que no quieren verdadera paz, democracia y desarrollo, como yo sí lo busco, con mis dichos y mis hechos." M.L.G


El momento del viraje hacia la dictadura popular

Punto Final

El texto que se publica en estas páginas corresponde al Nº 186 de “Punto Final” (19 de junio de 1973). La edición completa se puede consultar en www.pf-memoriahistorica.org

La situación política ha producido una coincidencia de hecho en los planteamientos que formulan diversos partidos de Izquierda. El PS, MIR, MAPU e Izquierda Cristiana, por ejemplo, en pronunciamientos públicos emitidos en días recientes apuntan -en líneas esenciales- en una misma dirección. Sostienen, por ejemplo, que la oposición reaccionaria ha conseguido cerrar uno a uno los “resquicios legales” que daban verosimilitud a la “vía chilena” hacia el socialismo. Añaden que hay una convergencia entre los sectores opositores destinada a provocar -en forma más o menos rápida- una crisis definitiva. Para el secretario general socialista, Carlos Altamirano, por ejemplo, el Partido Nacional busca el golpe inmediato, mientras el Demócrata Cristiano prepara condiciones para agosto o septiembre.
Otra cuestión abordada de manera muy parecida por los partidos de Izquierda es lo que se refiere a la manera de encarar el peligro de una guerra civil. Expresan coincidencia en cuanto a que ese riesgo -corolario de una lucha de clases llevada a sus últimas consecuencias-, no será conjurado sino a través de la movilización revolucionaria de las masas, ganando -por así decirlo- la guerra antes que ella se desate, o por último en el curso del enfrentamiento. Finalmente, esos partidos de Izquierda coinciden en que el método correcto es desarrollar el poder revolucionario (o poder popular) a través de organizaciones como los Comandos Comunales de Trabajadores, los Consejos Campesinos, los Cordones Industriales, etc.
Para el Partido Comunista “el peligro es tan evidente y próximo que no admite actitudes contemplativas ni indiferentes” ( El Siglo , 10-VI-73).

EL ARMA INSTITUCIONAL
PF ha venido analizando en sucesivas ediciones el empleo a fondo que hace la burguesía de los instrumentos estatales que controla: Parlamento, Tribunales de Justicia y Contraloría. El primero destituyó a tres ministros y algunos intendentes en los últimos días, aprobando además dos reformas constitucionales que impiden al programa de la Unidad Popular avanzar en el terreno industrial y agrario. Los Tribunales desconocieron toda autoridad del gobierno para meter en cintura los desbordes de las radios de oposición y, de paso, declararon reo y están sometiendo a proceso a otro ministro. La Contraloría, por su parte, continuó emitiendo dictámenes para obligar a devolver industrias requisadas.
Dentro de este cuadro parece un hecho que la Unidad Popular no tiene posibilidad de llevar adelante su programa (“iniciar la construcción del socialismo”) si sigue apegada a las normas del “Estado de derecho” de la burguesía.
El asunto de quién rompe primero la legalidad actual -si el gobierno o la oposición- aparece ahora como un sofisticado problema ético que la propia acción opositora, desde sus bastiones en la institucionalidad, se ha encargado de enervar. El quid de la cuestión es más bien una relación de fuerzas que un problema jurídico. Tener “la razón constitucional” -a estas alturas- no allegará a ninguno de los bandos más recursos humanos y materiales que los que ya disponen. No se está librando una disputa legal en procura del veredicto de un tribunal imparcial. Se está desarrollando una lucha de clases que tiene como fin el dominio de una clase por otra, la subordinación de una a otra clase, el reemplazo de una dictadura por otra. Ese es ni más ni menos el asunto en juego. Ni la burguesía, ni el proletariado, van a detener su lucha -aquélla por recuperar el gobierno y éste por conquistar el poder- por un “quítame allá estas pajas” más o menos legal.
Parece también ilusorio que simples argumentos jurídicos y constitucionales -que sirven sólo para malabarismos en la superestructura- vayan a inclinar el conjunto de las fuerzas armadas hacia uno u otro campo. Es un hecho que ellas, factor determinante en el problema, tendrán que entrar en la correlación de fuerzas que establece la lucha de clases. En ese terreno la línea divisoria no pasa por los Tribunales, la Contraloría o los debates parlamentarios, sino por la mayor o menor capacidad dirigente, la coherencia ideológica, firmeza de propósitos y homogeneidad de mando que muestren las clases en pugna. El núcleo más importante de las fuerzas armadas, seguramente, será arrastrado hacia el polo social y político más enérgico y activo, operando en el seno de ellas las mismas contradicciones de clase que tienen lugar en el resto de la sociedad.

LA VIA DEL GOLPE
La envoltura jurídica del conflicto social sólo tiene ahora cierto grado de significación para la burguesía. No hay duda que al sector más esclarecido de ella -como lo hemos venido sosteniendo en PF- le seduce la idea de una “vía chilena hacia el golpe”. Se trata -como hemos dicho varias veces- de llevar al gobierno del presidente Allende al desplome. Producir su “muerte natural” para que incluso la intervención de las fuerzas armadas, necesariamente inconstitucional e insólita en los últimos cuarenta años, aparezca como un remedio necesario y transitorio para una situación de caos.
En ese sentido la burguesía quiere usar a las fuerzas armadas como un gendarme de sus intereses. Pero tratando de evitar que el verdadero control político se escape de sus manos. En los cálculos de la burguesía, seguramente, es un factor inquietante pensar que sus públicos llamados a la intervención de las fuerzas armadas se traduzca en un largo periodo de dictadura militar. La “vía chilena al golpe”, por lo tanto, tiene que operar con los agentes políticos, judiciales y administrativos de la burguesía encaramados sobre las espaldas de las fuerzas armadas. El papel de éstas se limitaría al de agente represivo del pueblo y del movimiento obrero por cuenta de los burgueses y del imperialismo. Es muy difícil, claro está, que el conjunto de las fuerzas armadas acceda a jugar ese rol.
Otra faceta de esta “vía chilena” hacia la restauración plena del capitalismo -hasta ahora levemente tocado en el país-, es amarrar de pies y manos al gobierno de la Unidad Popular, “perdonándole” la vida hasta 1976, y aprovechando el inevitable deterioro económico de una situación ambigua como la actual para tratar de dividir a la clase trabajadora. Es la línea básica seguida por la Democracia Cristiana, desde el “estatuto de garantías constitucionales” de 1970, hasta las reformas de la Constitución introducidas por sus senadores en los aspectos que atañen a la propiedad industrial y agraria. Todo ello secundado por el impulso organizado a la “oposición desde la base”, que es el plan más siniestro urdido por la burguesía y el imperialismo para tratar de dividir al movimiento obrero.

EL FRACASO DE UNA LINEA
No obstante, el gobierno no puede aceptar quedar aprisionado en la jaula de acero que le fabrica un sector de la burguesía agitando el caramelo de una “tregua” hasta 1976. Ello significaría el quiebre de la Unidad Popular y por lo tanto, un debilitamiento mayor del gobierno, dejándolo a merced de su enemigo. Por otra parte, ya pasó la coyuntura de un eventual entendimiento con un sector de la burguesía, concretamente con aquel representado políticamente por la Democracia Cristiana.
La tesis que dentro de la UP propugnaba ese entendimiento ha perdido toda vigencia y se ha demostrado, en los hechos, el fracaso del socialismo reformista. El PC parece venir de regreso de esa línea equivocada, lo cual es un síntoma muy alentador para la necesaria unidad del movimiento obrero. Pero la aplicación de la política aprobada por la UP en Lo Curro, debilitó en forma considerable el proceso y es uno de los factores que más pesan hoy, a la hora de medir las fuerzas ante “el peligro evidente y próximo”.
Un balance de la situación del área de propiedad social, hecho por el actual vicepresidente de la Corporación de Fomento, Pedro Vuskovic, señala: “Resta mucho por hacer para culminar los planteamientos programáticos del gobierno sobre esta materia. Las áreas de propiedad mixta distan aún de haber alcanzado la amplitud prevista y requerida. Si sólo se considera la industria manufacturera, de un total de 36.220 empresas existentes, 165 pertenecen a las áreas social y mixta y otras 120 están requisadas o intervenidas. El conjunto de la producción de estas empresas del área social y las que están requisadas o intervenidas representan aproximadamente un 22 por ciento del producto industrial y un porcentaje todavía menor de la ocupación en el sector industrial (19 por ciento). De las 93 empresas industriales que el gobierno ha reiterado en su proyecto reciente que deben incorporarse a las áreas social y mixta, en la actualidad sólo ocho pertenecen a ella, mientras que 48 están requisadas o intervenidas y 37 permanecen bajo propiedad y control privado” ( Ultima Hora , 7-VI-73). El análisis de Vuskovic agrega que en determinadas ramas industriales, como cuero y calzado por ejemplo, las áreas social y mixta “siguen siendo inexistentes”. Son estas razones, anota con exactitud, “las que hacen difícil el desarrollo planificado de la economía”.
La franqueza de Vuskovic provocó un insólito ataque personal del diario Puro Chile y una declaración de solidaridad con el afectado de la comisión política del Partido Socialista, partido al que pertenece.

NECESIDAD DE ROMPER EL CASCARON INSTITUCIONAL
Es evidente que la clase obrera ha avanzado poco sobre los auténticos centros de poder (el área social sólo representa el 22 por ciento del producto industrial y el 19 por ciento de la ocupación del sector). A la vez es cierto que los agentes políticos de la burguesía, apoyados en la institucionalidad y en la propaganda y en organizaciones abiertas y legales, han caminado un largo trecho hacia su meta.
Pero también es un hecho que a pesar de las debilidades mostradas por la Unidad Popular, la conciencia revolucionaria de las masas ha crecido en apreciable medida. La actitud de la clase trabajadora en el paro de octubre de 1972, luego su rechazo al llamado ‘’proyecto Millas” y el casi 44 por ciento volcado a la Izquierda en las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, son indicios claros.
Lo mismo puede decirse del ánimo que lleva a sectores de vanguardia a realizar los “prodigios de organización proletaria” que se traducen en los Comandos Comunales, los Cordones Industriales, el abastecimiento directo, las JAP, etc. No hay que equivocarse: es la propia masa la que busca crear un poder revolucionario que sustituya al poder burgués. Por eso la actitud de repliegue, atinando sólo a tratar de disuadir a la burguesía para que no acuda al recurso extremo de la guerra civil, no corresponde exactamente al estado de ánimo de las masas.
Algunos partidos de la Izquierda han interpretado correctamente la situación, exigiendo al gobierno que adopte medidas enérgicas y ejemplarizadoras. El propio secretario general de la CUT, Manuel Dinamarca, reprochó en un mitin realizado en la Plaza de la Constitución la blandura que llevó a levantar la clausura de una radioemisora golpista.
Lenin observaba que “el entusiasmo revolucionario de la clase avanzada puede mucho cuando la situación objetiva exige de todo el pueblo la adopción de medidas extremas... Lo importante es comprender que en tiempos de revolución, la situación objetiva cambia tan rápida y bruscamente como corre la vida en general”. En el caso chileno todo se aproxima a esa apreciación leninista.
La fuerza del pueblo no utilizada -y que se desgasta en la medida que los problemas sin solución y la propaganda enemiga van erosionándola- es todavía muy grande. Pero cada vez se aproxima el instante del “demasiado tarde”, cuando ya no hay caso de revertir la situación en favor de los trabajadores.
“La historia enseña -dijo Fidel Castro el pasado 1° de mayo- que cuando los pueblos están decididos a defender sus derechos, cuando los pueblos siguen un camino firmemente, no hay poderío ni hay fuerza que sea capaz de apartarlos de ese camino”. La Revolución Cubana no tiene por qué ser una excepción que el pueblo chileno no pueda igualar y aún superar. Pero, sin vuelta de hoja, se ha llegado a una situación que plantea medidas extremas. En este caso, romper el cascarón de la institucionalidad burguesa es   una cuestión de vida o muerte para el proletariado, justamente si se quieren preservar formas relativamente pacíficas de transición al socialismo.
Los “brotes” de socialismo que han despuntado en los Comandos Comunales y Consejos Campesinos deben ser activamente estimulados para que crezca el poder revolucionario. Ganar a los soldados para la causa de la clase trabajadora, dándoles participación en los órganos de poder popular, es una tarea de singular prioridad. Comenzar a ejercer formas de dictadura popular es la única posibilidad de concitar el entusiasmo revolucionario de las masas. Asegurar en la base la unidad de todos los sectores que quieren el socialismo, aboliendo las prácticas sectarias, es un requisito indispensable en esta tarea. Poner bajo dirección y control obrero a toda la producción y distribución, consolidando el predominio absoluto del área social, es el único modo de planificar y distribuir en resguardo del interés popular.

DIRECCION DE CLASE
Poner bajo dirección proletaria la organización social del trabajo, requiere un cierto grado de violencia. Pero ésta será menor, en nuestro caso, en la medida que se logre crear desde ya un poder revolucionario suficientemente fuerte y eficaz.
Está meridianamente claro que persistir en la dirección que desea la burguesía, o sea ciñéndose al esquema institucional creado por ella, conduce directamente al desastre.
Determinados sectores de Izquierda agitan con fuerza el inminente peligro de una guerra civil. Pero no complementan esa actividad con desplazamientos que podrían debilitar ahora al enemigo, antes que entre en acción. Antes bien, se crea una imagen en que toda acción de las masas organizadas para crear poder revolucionario aparece como una provocación a la guerra civil. La debilidad que trae aparejada esa campaña debe ser contrarrestada para evitar que se convierta en un arma de doble filo.
Los sectores opositores, cuya agresividad se ve estimulada por la propaganda burguesa, han llegado a un nivel de enardecimiento en que cualquier salida, incluso la guerra civil, les parece buena con tal de derrocar al gobierno de la UP. De modo que a esos sectores la campaña contra la guerra civil no les hará mella. En cambio los sectores populares, aliados del proletariado en un proyecto revolucionario, pueden ser confundidos por esa campaña si no se le da un contenido de clase bien preciso, tendiente a organizar a las masas en nuevos términos. Nos referimos a la necesidad de organizarse en el marco que exige la nueva realidad: para librar un combate por el poder.
La situación actual no puede, ni con mucho, calificarse de “normal”. O sea, no bastan las organizaciones habituales. Hoy son necesarios organismos como los Comandos Comunales, donde el proletariado pueda ganar la conducción de todos los trabajadores y de todos los explotados. Nuestro pueblo puede ejercer con sabiduría y firmeza una dictadura de clase que oriente el proceso de construcción socialista. La clase trabajadora chilena ha demostrado un nivel de madurez muy alto. Su disciplina le ha permitido afrontar -y sigue haciéndolo- problemas graves que siguen creciendo porque no se aplican medidas extremas como las que reclama la clase obrera. Todo ello hace que tenga perfecto derecho a tomar directamente en sus manos los órganos del poder del Estado, apoyando su fuerza en el poder revolucionario de sus organizaciones.

MANUEL CABIESES DONOSO



Editorial de PF 186
Hay que dar una buena respuesta al Congreso

Un Congreso Pleno, que no lo fue tanto ya que de él se retiraron todos los parlamentarios de Izquierda, aprobó hace una semana una reforma constitucional que prácticamente desbarató todas las conquistas que en el proceso agrario habían ganado los campesinos. Fue otra de las “gracias” montadas por la oposición, que tiene mayoría en las dos ramas del Parlamento, para seguir en su obstrucción al gobierno y en su afán de frenar la evolución económica y social que se ha intensificado en el país desde el triunfo de la Unidad Popular, en septiembre de 1970.
Ya a este Congreso no le han bastado las acusaciones a ministros e intendentes, ni tampoco las verdaderas agresiones de que ha hecho víctima a la clase trabajadora al negarse a legislar sobre el delito económico, para detener la especulación y el mercado negro desatado contra ella, y al obstaculizar el despacho de un justo reajuste de sus ingresos. Ahora, ha remarcado más aún su carácter de clase y se ha volcado totalmente en la defensa de los intereses de los latifundistas, perjudicando todo cuanto habían adquirido los campesinos a través de la aceleración que el gobierno popular había impreso a una reforma agraria retardada por la administración anterior.
Esta actitud refleja la desatada disposición de impedir por todos los medios a su alcance los cambios que exigen los trabajadores. Nada detiene a la mayoría opositora, ni siquiera la propia Constitución, que en el asunto de las acusaciones ministeriales ha violado repetidamente. Esa prepotencia aparece avalada además por otra que paralelamente ha surgido de los Tribunales de Justicia, coludidos abiertamente con la oposición.
Una acción de este tipo está pidiendo a gritos una respuesta consecuente. Para darla, el gobierno dispone del amplio respaldo de la clase trabajadora que ha sabido crearse órganos de poder que, como los Comandos Comunales, los Consejos Campesinos, las JAP y sus organizaciones de base, ven en el Congreso el freno insolente de todas sus conquistas y el obstáculo para el camino al socialismo. Es de allí de donde surge la petición de que se marche, sin compromisos, hacia un régimen donde el pueblo diga e imponga su palabra, una real dictadura popular que coloque el tapabocas que se merece esta corporación que lesiona sus intereses.


Publicado en “Punto Final”, edición Nº 783, 14 de junio, 2013

11 mayo 2013

Construyendo ahora el poder popular


Ponencia para debatir en II Formazio Mintegia de Askapena.

1.- ¿Qué es el poder?
  1. Como sucede en todo período de crisis sistémica, las certezas anteriores estallan hechas añicos ante la re-aparición de situaciones complejas y desconcertantes. Complejas porque integran diversos procesos, componentes y factores internos que evolucionan con autonomía relativa, dificultándonos la visión coherente de lo nuevo. Y desconcertantes porque nuestras cómodas certidumbres anteriores se muestran impotentes para comprender lo que sucede, su novedad y sus relaciones con el pasado. Ahora vivimos una situación de esas. Más todavía, para un movimiento popular como Askapena dedicado a profundizar en el internacionalismo la crisis está suponiendo, como mínimo y espero que se me corrija, la aparición de tres retos: uno, adecuar la teoría internacionalista al nuevo contexto mundial provocado por la crisis; dos, responder al endurecimiento del imperialismo en respuesta a las resistencias populares agudizadas por la crisis mundial; y tres, cómo explicar estos y otros retos a las nuevas militancias que acuden a Askapena y que, todavía, no tienen un nivel suficientemente desarrollado de praxis internacionalista.
  2. De hecho, estos tres retos que ahora cito --hay más, pero no podemos analizarnos aquí-- también acucian a todos los movimientos populares aunque es sus respectivos campos de intervención. Todos ellos, en mayor o menos escala, se enfrentan a la urgencia de adecuar su visión teórica a los cambios surgidos con la crisis; también a la urgencia de ampliar su práctica para responder a los ataques del poder explotador al que se enfrentan en su campo de intervención; y por último, deber explicar estos y otros cambios a la nueva militancia, militancia joven, pero también a quienes se había desenganchado en los años pasados y ahora vuelve a la lucha tras un período de ausencia, o de participar en otros movimientos, organizaciones, sindicatos, grupos, partidos, etc. Quiero decir que son, en el fondo, problemas objetivos y comunes aunque con formas diferentes en cada caso.
  3. Es obvio que en esta charla no podemos tocar los dos primeros problemas, porque antes que nada es Askapena como colectivo el que ha de hacerlo, porque conoce mejor que nadie su situación y el contexto mundial en el que incide. Pero sí voy a intentar aclarar algunas cuestiones que superan las estrictamente internacionalistas, que superan por ello a Askapena, pero que también le influyen determinantemente. Me refiero a la problemática del poder popular en el presente y en el futuro.
  4. ¿Qué es el poder popular? Antes que nada debemos explicar qué es el poder a secas. Por tal cosa entendemos una contradictoria relación social de unidad y lucha de contrarios, en la que, por un lado, una minoría dispone de una estructura material y simbólica que le garantiza seguir siendo propietaria de las fuerzas productivas así como seguir explotando a la mayoría no propietaria de nada; por otro lado, una capacidad de resistencia, lucha y oposición de esa mayoría explotada, que le permite frenar algunos de los golpes de la minoría explotadora y asestar otros, impidiendo que empeoren sus condiciones de vida o mejorándolas incluso, en un proceso de lucha permanente, una vez dura y abierta, otra vez latente y oculta.
  5. Es fundamental saber que el poder es una relación de lucha que gira alrededor del control de las fuerzas productivas en cualquiera de sus formas; control por la minoría, por el capital, o control por la mayoría, por el pueblo trabajador. Una relación de lucha permanente de contrarios antagónicos e irreconciliables en la que la burguesía tiene una enorme superioridad de medios de poder opresor, mientras que el pueblo trabajador apenas tiene sub-poder nacional de clase. Es decisivo saber que la clase dominante se apropia del derecho exclusivo y monopólico de la violencia en sí, al margen de sus formas, prohibiendo al pueblo hasta la mínima posibilidad de ejercicio de un poder defensivo propio, y menos aún violento.
  6. Cometemos un error si reducimos el poder explotador a una mera máquina de violencia, o sólo a una relación de fuerzas en el plano de la democracia burguesa con sus instituciones y parlamentos, o a una relación interpersonal cotidiana independiente de la política y al margen de los grandes intereses capitalistas que se mueven y deciden en espacios desconocidos por la gente o en instancias de imposible acceso y nulo control incluso por el parlamentarismo burgués, o a un conjunto de imposiciones ineludibles socioeconómicas que determinan nuestra vida y que creemos que vienen de lugares miseriosos como el mercado mundial, las finanzas o la globalización.
  7. El poder explotador incluye estas y otras características, pero es mucho más que eso; es, en definitiva, la totalidad de la sociedad burguesa que funciona como unidad de explotación cuyo objetivo único es el de asegurar su expansión, o en el peor de los casos, su continuidad. El concepto de poder burgués es la expresión de la esencia de esta clase social criminal que sólo funciona en base a su perpetuidad. Dicho en crudo, el poder capitalista es el capitalismo en el poder, excluyendo del poder decisivo a cualquier otro que no sea capitalista.


2.- ¿Qué es el poder popular?


  1. ¿Existen poderes no capitalistas dentro del capitalismo? Sí, son los poderes populares, pero enanos, puntuales, gotas diminutas en un océano opresor, y siempre en peligro inmediato de ser aplastados por el poder dominante. Islitas a punto de ser devoradas por un tsunami represivo. Son logros de poder efectivo en su área de lucha, en el problema que han resuelto para el pueblo explotado, en la conquista que han logrado, pero apenas más. Es importante saber que la lucha consigue victorias efectivas, aunque pequeñas o medianas, y siempre inseguras y en peligro.
  2. Ocurre que nos han formado y que pensamos dentro de la ideología dominante, burguesa, y por tanto creemos que fuera del sistema parlamentarista democrático-burgués y franco-español sólo existe el desierto, la nada, la imposibilidad de conquistas palpables, y no es cierto. Si estudiamos la historia y el presente con el método marxista vemos que sí existen momentos de poder conquistado por el pueblo en reivindicaciones muy concretas. Pero hay que advertir inmediatamente que es un poder, además de muy precario, también debilitado internamente en una cuestión clave: la de no atreverse a cambiar la forma de propiedad existente, es decir, de acabar con la propiedad privada tal cual se muestra en la injusticia a la que se combate.
  3. La esencia del poder capitalista es la propiedad privada, burguesa. Cualquiera de las cuasi infinitas formas de expresión de la propiedad burguesa genera su propia forma de opresión, explotación y dominación. Cualquiera de ellas. No existe ninguna situación en el capitalismo, desde lo más cotidiano y aparentemente intranscendente, hasta la sede del Gobierno, que no se sustente sobre la propiedad burguesa de los medios de producción, en general, y de las formas ocultas pero muy efectivas mediante las que esa propiedad privada explota en y mediante la vida cotidiana, mediante el Gobierno, etc.
  4. Por esto, cualquier conquista popular que alcance una situación de poder, por reducido, que sea, ha de avanzar decididamente a la supresión de la forma concreta que adquiere la propiedad burguesa en ese problema. Por ejemplo, una fábrica que se va a cerrar echando al paro y a la miseria de decenas o centenas de familias. La lucha obrera no puede limitarse a buscar un nuevo empresario que compre la fábrica, sino que debe recuperarla, reabrirla y ponerla en marcha bajo el poder obrero autogestionado. Otro tanto hay que decir, por ejemplo, en la lucha internacionalista: no solo hay que enviar ayuda humanitaria a los pueblos que la necesiten, hay que ayudarles a que se independicen del imperialismo.
  5. La existencia de la propiedad burguesa, su aceptación o rechazo intransigente separa al poder capitalista del poder popular en todas y cada una de las reivindicaciones. Si no se avanza hacia la superación de la propiedad privada en el área concreta de lucha en la que el movimiento popular u obrero ha logrado fuerza suficiente, entonces no llega a materializarse realmente la forma de poder basado en la propiedad colectiva, comunal, o como queramos definirla ahora sin mayores precisiones.
  6. Es la naturaleza burguesa o socialista de la propiedad la que define la naturaleza reaccionaria o revolucionaria del poder. Por ejemplo, frente al problema de las viviendas, de su carestía, de los desahucios, etc., si el movimiento popular y las fuerzas políticas que se dicen revolucionarias no ponen explícitamente como objetivo acabar con la propiedad privada del suelo, socializándolo, transformándolo en suelo público, si no se atreven a dar este paso cualitativo por las razones que sea, generalmente electorales, si no se supera esta cobardía o este electoralismo, nunca se acabará con el problema de la vivienda, y con cualquier otro.
  7. Ahora bien, la conquista de victorias radicales, de situaciones de poder popular por pequeños que sean, no se logra de la noche a la mañana, sino que se requiere tiempo, organización y estrategia. Hasta ahora, la experiencia acumulada muestra que, a grandes rasgos, los movimientos populares, y cualquier lucha, empiezan creando pequeños contrapoderes, desde grupitos sindicales hasta asociaciones vecinales y sociales de cualquier tipo, pudiendo avanzar luego a situaciones de doble poder que, tal vez, desemboquen en el poder popular.
  8. Por contrapoder se entiende la mínima pero suficiente creación de una resistencia inicial organizada y dotada de un objetivo preciso, resistencia que por el solo hecho de existir advierte al poder al que se enfrenta que va a encontrar una oposición, y que si actúa bien puede concitar apoyos y esperanzas, ampliarse y avanzar en sus movilizaciones. Si ese contrapoder se coordina con otros, se relaciona con movimientos y grupos más amplios, etc., y si mantiene su coherencia y rectitud a pesar de todo, puede llegar el momento en que consiga crear situaciones de doble poder en la opresión a la que se enfrenta, es decir, que pueda tutear, exigir y vencer al poder explotador.
  9. Los contrapoderes aparecen mediante una intrincada mezcla de espontaneísmo y organización. Pese a todos los problemas, siempre sobrevive una pequeña memoria de lucha organizada, y siempre existe un «instinto de resistencia», de modo que, según los casos, unas veces el colectivo que inicia la lucha aparece sólo debido al instinto de resistencia, otras veces debido sólo a la memoria organizativa, aunque lo más frecuente es que exista una confluencia de ambas. Esta tercera posibilidad es más probable cuando el pueblo trabajador lleva años sosteniendo una larga lucha de liberación nacional de clase.
  10. Las situaciones de doble poder se dan en todos los procesos en los que el aumento y la confluencia de fuerzas organizadas en contrapoderes permiten lanzar una ofensiva al poder opresor al que se enfrenta, llegando a una situación de empate de fuerzas en ese conflicto concreto. Por ejemplo, el movimiento euskaltzale puede paralizar leyes contra la lengua vasca durante un tiempo, y hasta puede conseguir avances en el derecho al uso de nuestra lengua nacional, en un momento de debilidad o indecisión de poder franco-español en esa temática. Pero el movimiento euskaltzale sabe que se trata de una muy inestable y fugaz situación de doble poder en esa reivindicación ya que la situación general es de contraofensiva estatalista contra la lengua. Esa situación de doble poder, por tanto, será muy breve porque el imperialismo español intentará recuperar su poder perdido y derrotar la conquista democrática.
  11. En el contexto actual, los momentos de doble poder plantean el decisivo problema de las relaciones entre la lucha obrera y popular, la lucha teórico-política e ideológica y la lucha institucional, problema siempre presente una vez llegado a un nivel de fuerza sociopolítica e institucional apreciable, problema agudo en los procesos de Huelga General, en los electorales, en todos los que la interrelación de esas tres formas de lucha debe ser ágil.
  12. Por ejemplo, la acción en los ayuntamientos, Diputaciones, Parlamentos y Gobiernos varios en los períodos electorales puede entrar en tensión con las luchas populares y obreras que han llegado a situaciones decisivas de doble poder en las que es necesario avanzar en la radicalización para obtener y garantizar la victoria concreta. Sectores que actúan en la lucha institucional pueden opinar que tal o cual lucha radical debe esperar a que se celebren las elecciones, o debe atemperar durante ese tiempo su dureza por «intereses electorales».
  13. Y es que las situaciones de doble poder se caracterizan por agudizar la cuestión de la propiedad burguesa vista antes, porque afectan más profundamente a todo lo que implica la propiedad privada. Por ejemplo, las luchas contra los abusos del capital financiero en cualquiera de sus formas, desde los desahucios hasta los recortes sociales en Kutxabank, pasando por el cierre de empresas por la ausencia de préstamos bancarios, todo esto debiera radicalizar al movimiento popular y obrero en un momento en el que sectores institucionalistas creen que una política de acuerdo con la burguesía aumentaría la fuerza electoral e institucional de la izquierda soberanista. Surge así algo más que una diferencia, surge una contradicción entre el movimiento popular y obrero y la acción institucional.
  14. La efectiva y ágil interacción entre estas formas de lucha, a la que debemos añadir la teórico-política e ideológica, es uno de los «eternos problemas» de la política revolucionaria que tiene un decisivo contenido político-organizativo que veremos en su momento. Ahora debemos explicar el paso de una situación de doble poder a una de poder popular en la reivindicación concreta por la que se lucha. Existe una diferencia sutil pero importante entre el avance de los contrapoderes a la situación de doble poder, con respecto al avance de los dobles poderes hacia las situaciones de doble poder. La diferencia no es otra que se trata de una fase cualitativamente más avanzada de lucha, lo que determina todo.
  15. En la fase del contrapoder los objetivos son limitados y aislados, ceñidos a problemas concretos aunque exista una coordinación con otros conflictos, lo que apenas alerta al Estado burgués. En la fase en la que una o varias victorias materializadas de situaciones de doble poder avanzan de su mera coordinación a una unificación lógica e inevitable de objetivos, estrategias y tácticas para acelerar el ritmo y ampliar fuerzas, en esta fase es muy probable que el Estado sea ya consciente del peligro que se avecina y empiece a movilizar su doctrina y sistema represivo.
  16. Una vez producido este salto cualitativo, que se caracteriza por el hecho de que la conciencia política pasa a dirigir la lucha general como expresión teórica de la necesidad de acabar con la propiedad burguesa e instaurar la propiedad socialista en el conjunto de la sociedad, sobre todo en las fuerzas productivas, dado este salto, la burguesía también da el suyo en el sentido represivo. Desde luego que hablamos de un proceso complejo, con sus ritmos desiguales de avance, con sus retrocesos y estancamientos pero lo vemos desde la ley del desarrollo desigual y combinado, lo que nos permite apreciar la tendencia a la unificación en las luchas de masas y a la polarización entre el pueblo trabajador y la burguesía y su Estado.
  17. El verdadero poder popular va apareciendo en escena conforme confluyen luchas parciales, se unifican políticamente en lo esencial, y avanzan hacia la creación de un Estado diferente, opuesto al burgués, e imprescindible para garantizar la superación histórica de la propiedad burguesa. Hasta este momento, los pequeños e inseguros poderes populares concretos, muchas veces derrotados, reflejaban sólo los inciertos logros puntuales de la lucha de liberación, desde este momento el poder popular unitario aparece en escena agudizando el odio y la rabia burguesa.


3.- ¿Qué el es pueblo trabajador?


  1. Es uno de los conceptos claves para comprender el método marxista de definir las clases sociales y para marcar la diferencia entre nación burguesa y nación trabajadora. No podemos alargarnos ahora en el método dialéctico que exige el uso de los llamados «conceptos flexibles» en contra de la estrechez positivista, y de las limitaciones del kantismo. El concepto de pueblo trabajador ha sido empleado desde el siglo XIX en la teoría revolucionaria pero por razones que se expondrán fue interesadamente abandonado por el reformismo. Fue y es un concepto vital para organizar la lucha contra el nazi-fascismo o contra toda forma de poder burgués en la que su esencia dictatorial aparezca claramente por sobre su forma democrática externa. Por esto es imprescindible para toda lucha de liberación nacional de clase, como la vasca.
  2. En método marxista del estudio de las clases sociales correlaciona dos niveles: uno, el general al modo de producción capitalista basado en la unidad y lucha de contrarios entre el capital y el trabajo a escala mundial; otro, el concreto, el de cada formación económico-social específica, en la que luchan no sólo dos clases antagónicas como la burguesía y el proletariado, sino también otras como el campesinado, las llamadas «clases medias», o «sectores sociales intermedios», «franjas liberales», etc.; y en la que tanto la burguesía como el proletariado tienen fracciones internas como mediana y pequeña burguesía, o la clase trabajadora en el sector servicios, en el financiero, etc.
  3. Según en la fase de concreción o abstracción teórica, o de precisión política, etc., en el que nos encontremos, simultanearemos un nivel con otro, el general con el particular, para conocer mejor la realidad. No hace falta decir que dentro de este método también están presentes el impacto de la explotación de sexo-género y de la opresión nacional en ambos momentos, el genérico a todo el modo de producción capitalista, como el particular en una nación oprimida en la que el sistema patriarco-burgués es especialmente necesario para asegurar los beneficios del bloque de clases dominante en ese país.
  4. Mientras que en el nivel más general de las dos clases opuestas en el mundo, la que tiene el capital y la que sólo tiene su fuerza de trabajo, apenas debemos recurrir a los factores de sexo-genero, etno-nacionales, políticos, culturales, etc., por que su nivel de precisión se mueve en el plano esencial de la explotación y de la producción y realización del plusvalor; mientras esto es así, en el nivel de cada país, o región del mundo, debemos recurrir siempre a la explotación de sexo-género, a la opresión nacional, a la situación sociopolítica, a la historia, etc., para enriquecer lo más posible el estudio concreto de las clases enfrentadas. Cuanto más precisos queramos ser en el conocimiento de la lucha de liberación nacional de clase y antipatriarcal en un pueblo oprimido, más deberemos conocer los pormenores de su historia, de su contradictoria identidad nacional, de los componentes patriarcales de su lengua y cultura popular.
  5. Pues bien, teniendo esto en cuenta, el concepto de pueblo trabajador permite, primero, compaginar ambos niveles de estudio de las clases a escala general y particular; y segundo y sobre todo, facilita la compresión del sujeto colectivo que lucha contra el capital en un país determinado, sujeto colectivo más amplio que la clase trabajadora en cuanto tal pero a la vez centralizado por ésta, que es su núcleo vertebrador. El manido concepto de «hegemonía» sólo resuelve sus antinomias y lagunas si lo incluimos dentro de las prácticas políticas del pueblo trabajador, centralizado por el proletariado, en su esfuerzo por atraer e integrar a las «clases medias» a la lucha revolucionaria, y a sectores de la vieja pequeña burguesía en proceso de desaparición.
  6. El papel de la pequeña burguesía en el proceso revolucionario está debatido desde la mitad del siglo XIX en el sentido de que debe contarse con ella para las primeras victorias revolucionarias, imprescindibles, aunque debe desconfiarse profundamente de ella en la medida en que el poder popular y el Estado obrero avancen en la socialización de las fuerzas productivas. La «hegemonía» político-cultural lograda por el poder popular antes de la revolución será fundamental para mantener a ese sector pequeño burgués dentro del proceso revolucionario cuando avance en la progresiva socialización de las fuerzas productivas.
  7. La definición economicista y estructuralista de clase social no sirve para entender el concepto de pueblo trabajador porque en éste, como se ha dicho, la conciencia, la subjetividad, tiene tanta importancia como la explotación asalariada y la no propiedad de fuerzas productivas. La dialéctica entre conciencia-en-sí y conciencia-para-sí es clave en el pueblo trabajador porque la conciencia-para-sí es la que introduce el componente antipatriarcal, independentista, socialista, etc., en la conciencia-en-sí. Sin esta dialéctica no existe en la práctica clase trabajadora, y menos pueblo trabajador. La «hegemonía» sobre las clases medias, franjas intermedias y, a otro nivel, sobre la pequeña burguesía, descansa fundamentalmente sobre la capacidad de la conciencia-para-sí del pueblo.
  8. Esto sucede porque son muy grandes los desniveles de conciencia, opción política, formación intelectual, intereses corporativistas y sectoriales dentro de las clases explotadas, y son más grandes aún las de origen nacional y opción estatalista. La definición estrictamente economicista no puede integrar en un todo coherente tal diversidad objetiva y subjetiva, siendo necesario un concepto de clase y de pueblo en el que realidades tan aparentemente distantes como las de sexo-género, nacionales, políticas, socioculturales y costumbristas, generacionales, y cada vez más religiosas, por citar algunas, han de tener cabida una vez demostrada la objetiva e innegable unidad básica que les recorre a todas ellas: la explotación capitalista en una nación oprimida dentro de un sistema patriarco-burgués irracionalmente consumista.
  9. Si negamos la existencia objetiva de la explotación, abandonamos la teoría marxista y caemos en cualquiera de las múltiples versiones de la ideología burguesa neokantiana y positivista por muy disfrazada de progresismo que se presente. El concepto de pueblo trabajado se basa en la dialéctica entre lo esencial, unitario y básico de la realidad objetiva de la explotación estructurante, y lo cada vez más complejo y variado de las formas concretas y particulares con las que se presenta tal realidad. La distancia entre las formas externas concretas y la base estructural es tanta que debemos realizar un esfuerzo teórico permanente para descubrir la dialéctica entre lo superestructural y lo estructural, por usar un lenguaje conocido.
  10. El concepto de pueblo trabajador fue desapareciendo de la praxis marxista occidental desde finales de la II GM por el empobrecimiento del stalinismo, por el pacto interclasista keynesiano de la socialdemocracia y reforzado por la «coexistencia pacífica» con el imperialismo, por el poder de absorción de la Academia sobre el marxismo académico obsesionado por fabricar modas intelectuales de usar y tirar, y por la deriva reformista de los principales PCs hacia el eurocomunismo y su versión reformista del gramscismo. La escasa o nula importancia dada a la opresión nacional en el grueso de las corrientes del mayo’68 aceleró el olvido de este concepto sin el cual no se entiende la oleada de guerrillas de liberación nacional anti nazi-fascistas en buena parte de Europa entre 1941 y 1945.
  11. En Euskal Herria el estatalismo del PC de España abortó toda reflexión creativa sobre el derecho/necesidad a la independencia de clase, a la vez que aparecían pequeñitos grupos de un marxismo libresco, economicista y estructuralista. Su incapacidad para comprender qué sucedía en Euskal Herria y quién era el sujeto colectivo de liberación, se hicieron patentes casi desde principio de ETA. Navegando en un huracán de escisiones, represiones y crisis de crecimiento, ETA recuperó en la segunda mitad de la década de 1960 el concepto de pueblo trabajador adecuándolo a la realidad de entonces; un acierto teórico de grandes consecuencias prácticas. Sin extendernos ahora, todas las escisiones posteriores se caracterizan por abandonar este concepto, además de otras coincidencias elementales.
  12. Un punto decisivo en esta recuperación y actualización del concepto de pueblo trabajador fue el de la existencia de una conciencia nacional de clase como exigencia ineludible, es decir, de no explotar a nadie, de no vivir a costa del sudor ajeno. Por tanto la pequeña burguesía no pertenece al pueblo trabajador porque vive de su explotación. En la década de 1970 sectores de la pequeña burguesía tenían conciencia nacional, pero no era de clase trabajadora vasca. Lo que entonces era ETA militar conocía esta contradicción y advertía de que esa clase podía volverse contra la lucha de liberación o podía apoyarla, y que dependía de la clase obrera lograr su apoyo.
  13. Pero lo que entonces era ETA p-m sí incluía a la pequeña burguesía en el pueblo trabajador. Pensamos que aquí radica una de las primeras causas de fondo de su posterior desintegración reformista, estallido en varias corrientes enfrentadas e integración en el sistema y hasta en el Estado ocupante. Y es que si no se define bien al sujeto revolucionario y por consiguiente al reaccionario, se irá dando bandazos de un lado a otro, hasta la desaparición. Sectores de la pequeña burguesía de entonces tenían conciencia nacional pero no de clase, y la mayoría de ella aceptó complacida la solución española de descentralización administrativa, apoyando por acción u omisión la represión del independentismo socialista.
  14. El pueblo trabajador está compuesto en el capitalismo actual por una base o centro cohesionador formado por la clase trabajadora, y dentro de esta por la fracción productora de valor, pero siempre integrando al sector servicios y al financiero, sean explotados continuos y permanentes, a tiempo parcial, en precario o en subempleo. Sobre esta base o alrededor de este centro están las crecientes masas en desempleo estructural, de dependientes del salario directo o diferido, del salario social, de las ayudas públicas oficiales o privadas como Cáritas u otras asociaciones asistenciales, como mujeres explotadas en el trabajo doméstico, juventud trabajadora en paro o en el paro invisible que son los estudios, pensionistas, jubilados, etc., todas ellas y ellos dependientes directa o indirectamente del salario familiar en cualquiera de sus formas o de la ayuda exterior, pero sin medios de producción propios, y por tanto sin posibilidad de explotar a nadie.
  15. Estas son las esferas decisivas del pueblo trabajador, sobre todo la primera. Pero existen otras dos. Una, la más cercana, es la compuesta por las denominadas «capas intermedias», «clases medias», «autónomos», «profesiones liberales» que no explotan fuerza de trabajo, que viven de su trabajo asalariado o no, y que por razones ideológicas burguesas se creen económicamente fuera de la clase trabajadora pero se sienten oprimidos nacional y hasta socialmente por el Estado español. La crisis puede abrirles la conciencia de clase y reforzarles la conciencia nacional, asumiendo su verdadera pertenencia de clase cuando ven reducirse sus salarios o medios de vida, deteriorarse su calidad de vida, o quedarse en el paro, en el nuevo subempleo, e incluso en la fracción de los «nuevos vagabundos».
  16. Por último, queda una cuarta área que mayoritariamente está objetiva y subjetivamente fuera del pueblo trabajador, la pequeña burguesía, aunque sectores muy reducidos pueden integrarse en los espacios más distantes. Nos referimos a esas franjas crecientes de la muy pequeña burguesía envejecida que se ha arruinado, que cierra sus negocios, tiendas, comercios y pequeños talleres obsoletos. Que tienen conciencia nacional pero soberanista, todavía no independentista no socialista aunque un trabajo concienciador y un programa táctico de avance al independentismo puede atraerlos a las partes más débiles del pueblo trabajador porque ya han dejado de vivir gracias a la explotación de seres humanos, pero todavía no han desarrollado conciencia socialista.
  17. Como se aprecia, el pueblo trabajador es una realidad clasista compleja, viva, fluctuante, con diversos niveles de conciencia, pero con un mínimo esencial irrenunciable: la conciencia nacional de clase. Entre sus diversos niveles existe un vaivén de sectores y grupos que pasan del trabajo estable al precario, al subempleo, al paro de corta duración, que pasan del trabajo directamente productivo al indirectamente productivo, y viceversa; o que ya no trabajaran nunca por el paro estructural a una determinada edad, por la explotación del trabajo doméstico, por las jubilaciones, etc. Si la clase trabajadora es una relación social colectiva en permanente movimiento interno, tanto más ocurre en el pueblo trabajador, sobre todo cuando en él se integran trabajadoras extranjeras que sociopolítica, cultural y hasta lingüísticamente se han nacionalizado vascos, independentistas y socialistas vascos y vascas.


4.- ¿Qué es el movimiento popular?


  1. De la misma forma que para saber qué es la clase trabajadora sobre todo hay que estudiarla en sus luchas, en su acción, para saber qué es el pueblo trabajador hay que estudiarlo en su praxis, con la diferencia de que mientras la clase trabajadora lucha sobre todo en el ámbito fabril y sindical, el pueblo trabajador también lo hace en los movimientos populares, además de en el fabril y sindical dado que su centro, su base, es proletaria, trabajadora, obrera. Se cometen dos errores garrafales provenientes del unilateralismo economicista: creer que el pueblo trabajador no lucha sindicalmente, sino sólo en los movimientos populares; y creer que el movimiento obrero no lucha en los movimientos populares sino sólo en los sindicatos. Ambos niegan la unidad interna que los recorre.
  2. El movimiento popular es una de las formas de intervención del pueblo trabajador, siendo las otras dos fundamentales, el movimiento obrero y el movimiento social. Por fundamentales entendemos las que afectan a la estructura elemental de reproducción de la propiedad burguesa y franco-española en Euskal Herria, habiendo otras también importantes pero de impacto menor, en las que no podemos extendernos ahora. La distinción entre estas tres formas fundamentales de lucha --langile mungimendua, herri mugimendua eta gizarte mugimendua-- surge tanto de las opresiones a las que se enfrentan como de los grados de conciencia sociopolítica nacional de clase que por lo general existen en esas formas de lucha.
  3. El movimiento obrero en un primer momento se enfrenta contra el empeoramiento de las condiciones de vida y de trabajo, contra el aumento de la explotación, etc.; pero en perspectiva histórica y revolucionaria, esta lucha ceñida sólo a la defensa de lo existente o a su mejora dentro del sistema capitalista, no resuelve apenas nada, aunque siempre es imprescindible. El movimiento obrero debe atacar la base del capital, o sea, el sistema salarial, el sistema de extracción de plusvalor y su transformación en plusvalía. La diferencia entre la primera y la segunda radica en que la segunda, la lucha contra el salario, demuestra que nunca puede existir el salario justo, que nunca puede existir eso que la ideología burguesa define como «justicia social». Al contrario, todo salario es objetivamente injusto, por tanto hay que acabar con el salario y con la propiedad privada, que viene a ser lo mismo.
  4. El movimiento popular es mucho más amplio y extenso en sus campos de intervención que el movimiento obrero porque también son más numerosos los sujetos que integra. Por ejemplo, el movimiento Askapena lucha contra el imperialismo, lo que le enfrenta indirectamente al sistema salarial y además en sus peores formas de plasmación, las impuestas por el imperialismo a los pueblos del llamado Tercer Mundo. Miremos por donde miremos, todos los movimientos populares, todos ellos, terminan chocando de un modo u otro con la objetividad de la explotación nacional de clase y patriarco-burguesa. Es inevitable porque malvivimos en una sociedad capitalista, y negarlo es retroceder al abismo de la derrota.
  5. El movimiento popular tiene la virtud de atacar no solamente al proceso de producción de valor, que también por cuanto está unido al movimiento obrero, sino a la vez y en muchas cuestiones sobre todo al proceso de reproducción de las condiciones de producción, es decir, al proceso en el que se reproduce la dominación franco-española y la legitimidad hegemónica alienante de la burguesía autonomista y foralista vasco-española con su bloque social de apoyo. La reproducción de las condiciones de producción capitalista es a la vez reproducción de su poder opresor.
  6. Esto es debido a que el movimiento popular, más que el obrero y mucho más que el movimiento social, actúa en cuestiones decisivas como la Amnistía, el derecho/necesidad de la lengua vasca, la cada vez más importante lucha contra la irracionalidad consumista y el desarrollismo, la recuperación de la unidad naturaleza-especie humana, la lucha contra la drogodependencia, la reivindicación del deporte popular y del tiempo libre y crítico, la lucha contra la corrupción, la lucha contra los desahucios y la injusticia financiera, el movimiento vecinal, el movimiento educativo, el movimiento juvenil, y un largo etcétera.
  7. Del mismo modo que estas y otras luchas afectan directa o indirectamente al sistema salarial, sobre todo afectan a su legitimidad y a su efectividad de reproducción, ya que a diario presentan en la vida cotidiana del pueblo una crítica de las opresiones que sufre, y cada vez más frecuentemente avanzan a ofrecer al pueblo trabajador alternativas concretas a esas opresiones e injusticias, de modo que la legitimidad del poder dominante y su reproducción general se ven cuestionadas en el interior mismo de la vida cotidiana de las clases explotadas, que no sólo en la fábrica. Si esta lucha obrera mina la raíz productora del capital, el movimiento popular además mina su raíz reproductora.
  8. Dos son los grupos decisivos del movimiento popular que minan otros dos esenciales puntos de la reproducción del poder capitalista franco-español en Euskal Herria: uno es la lucha antipatriarcal abertzale, y otro es la lucha por la (re) construcción del complejo lingüístico-cultural euskaldun, los componentes progresistas existentes en la cultura popular euskaldun. En el capitalismo la reproducción de la fuerza de trabajo dócil y plenamente explotable es una necesidad imperiosa. La síntesis entre (re) construcción de la identidad progresista vasca y la lucha antipatriarcal abertzale debilita la raíz misma de la reproducción de la fuerza de trabajo alienada, sumisa y hasta colaboracionista.
  9. La lucha antipatriarcal --que no sólo el «feminismo»-- abertzale es parte esencial del movimiento popular, del independentismo socialista, porque vertebra la totalidad de la reproducción de Euskal Herria y buena parte de la producción de plusvalor. Y esto es decisivo porque una movilización sistemática, global y diversificada por parte del movimiento antipatriarcal abertzale desvela y descubre la estructura entera de la opresión que padece Euskal Herria. Nada puede quedar oculto, y menos el terrorismo masculino, a la crítica antipatriarcal porque esta va incluso a las raíces opresoras precapitalistas que facilitaron la victoria capitalista y su explotación nacional de clase.
  10. El movimiento antipatriarcal, por tanto, cuestiona nuestra historia desde la victoria del patriarcado pre-cristiano, que no sólo la historia «moderna». Quiere decir esto que son puestos en crítica todos los cimientos profundos del capitalismo vasco-español y casi todos de la misma Euskal Herria tal cual se ha ido formando bajo las presiones patriarcales del pasado que se niega a desaparecer y que tiene una de sus fuerzas en el cristianismo; bajo las presiones del sistema patriarco-burgués desde los siglos XIII-XIV; bajo las presiones de la indiferencia ante esta realidad de las matxinadas y de la lucha de clases desde la mitad del siglo XIX; bajo las presiones de las invasiones extranjeras y bajo el debilitamiento teórico y práctico reciente del feminismo abertzale en un momento en el que se endurece la contraofensiva patriarco-burguesa.
  11. Esta larga historia se ha asentado sobre la explotación de sexo-género y su adecuación a los intereses de las clases dominantes. La actual estructura clasista vasca, por ejemplo, también es el resultado de la larga explotación de la fuerza de trabajo sexo-económica. Otro tanto debemos decir de la versión oficial, machista, de nuestra historia, por muy progre que aparente ser. Tampoco se libra la versión oficial de la cultura vasca e incluso de la cultura popular. Muy imprecisamente se utiliza el término «transversal» para denotar la presencia del patriarcado en la sociedad, pero la realidad es más salvaje y cruda: patriarcado y opresión nacional de clase forman una unidad.
  12. El movimiento popular por la (re) construcción del complejo lingüístico-cultural euskaldun es la otra arma decisiva para minar la reproducción del poder dominante. Lo es porque la lengua es el ser comunal que habla por sí mismo, y la cultura es la producción y distribución colectiva de los valores de uso. Desde esta perspectiva, lengua y cultura son irreconciliables con la cultura mercantilizada burguesa, mercancía con un valor de cambio producida por su industria político-mediática. La lucha irreconciliable entre el valor de uso de la cultura popular y el valor de cambio de la industria cultural burguesa también se libra obligatoriamente en el interior de la explotación asalariada y en la reproducción del poder dominante.
  13. Dado que el capitalismo se caracteriza también por ocultar la unidad de contrarios entre valor de uso, valor y valor de cambio, la burguesía puede sobornar, cooptar e integrar en la mercantilización de la cultura y en la manipulación de la lengua a sectores intelectuales que en el pasado habían luchado por el derecho/necesidad de la (re) construcción del complejo lingüístico-cultural euskaldun. Frente a esta realidad actual, el movimiento popular euskaltzale, con toda su diversidad, se encuentra ante un debate: ¿cómo recuperar el derecho democrático elemental al uso de la lengua, y cómo unirlo a la necesidad de que sea una recuperación emancipadora?
  14. La respuesta sólo es posible desde el interior del movimiento popular como el eje rector y baremo valorativo de la eficacia de la acción institucional y del patrocinio privado, si lo hubiera. Como en el resto de opresiones y necesidades nacionales vascas, el fracaso de las instituciones prestadas por el reino de España es patente, teniendo en cuenta lo que se podría haber avanzado si se hubiese seguido una estrategia digna y coherente.
  15. Para concluir sobre el movimiento popular, hay que decir que tanto la lucha antipatriarcal como la lucha por la (re) construcción euskaldun son dos pilares en las relaciones entre el movimiento popular en su conjunto y los movimientos sociales. Lo que les diferencia es simplemente la conciencia nacional de clase. El movimiento popular es parte del proceso de liberación, y debe respetar con escrupuloso cuidado los desniveles de conciencia y las identidades que pueden haber y hay en las bases menos formadas de los movimientos. Los movimientos sociales se caracterizan por no tener tan clara la conciencia nacional, o por no tenerla en absoluto, e incluso por ser algunos de ellos abiertamente franco-españolistas.
  16. El embrión del movimiento popular apareció en los años de plomo de la dictadura franquista, lo que le ha dado una impronta decisiva que es el secreto de su continuidad pese a los altibajos. Los movimientos sociales nacieron al calor del mayo’68 y en buena medida impulsados por esas izquierdas arriba vistas que apenas han valorado la objetividad de la opresión nacional, o que la han negado directamente, lo que también les ha dejado cierta herencia. Más aún, tras la interesada moda de las ONGs se ha producido un boom de grupos y colectivos cuyos nombres todos conocemos, directamente relacionados con las doctrinas de contrainsurgencia. Aunque otros muchos han ido abriéndose a las justas reivindicaciones vascas.
  17. Nada de esto anula la valía democrática de los movimientos sociales, en absoluto, simplemente aclara que la interacción de unos y otros movimientos es necesaria para aumentar las fuerzas democráticas, progresistas, soberanistas e independentistas frente al endurecimiento del imperialismo franco-español. Más aún, los movimientos sociales de primera hornada, se adelantaron a los populares en reivindicaciones que el independentismo no valoró correctamente en su momento, y que luego se han demostrado imprescindibles.


5.- ¿Cómo se organiza el poder popular?


  1. Antes de responder a cómo se organiza el poder popular hay que responder para qué se organiza; básicamente dicho: para ser fuerza impulsora y garante del avance en la lucha y para impedir que fructifiquen las tendencias a la burocratización, dirigismo y sustitucionismo inherentes a la verticalidad de la forma-partido y al poder disolvente del parlamentarismo. Ambos peligros se han materializado demasiadas veces en la historia de los pueblos, y en la nuestra, como para no ser tenidos en cuenta.
  2. Por tanto, internamente, el movimiento popular ha de organizarse de manera tal que todas las áreas de lucha, todas las reivindicaciones y todas las injusticias contra las que se combate tengan su correspondiente unidad organizativa interna. No es lo mismo luchar contra el desarrollismo consumista, a favor de un ecologismo socialista y antiimperialista, que movilizarse por la cultura y la lengua vasca, etc. Las diferencias son lo suficientemente llamativas como para comprender la necesidad de organizaciones específicas en cada una de ellas.
  3. Retrasar la formación de estas organizaciones específicas, o tardar en mejorar las que ya existen y son muchas, es perder un tiempo muy valioso teniendo en cuenta la rapidez del ataque franco-español a las condiciones de vida de nuestro pueblo, y sobre todo la intensificación del su imperialismo con el apoyo de la burguesía autóctona.
  4. Simultáneamente, debe avanzarse en la coordinación de las organizaciones ya existentes, en la mejora de sus relaciones y en la generalización planificada de encuentros en los que se debata todo lo planteado. Generalmente no se tiene en cuenta que los aparatos de Estado dedicados a la mantener su poder no se detienen nunca, nunca cogen vacaciones, mientras que por el lado de la izquierda es relativamente débil la conciencia del valor del tiempo político. Peor aún, además de la intervención permanente del Estado, hay otra fuerza reaccionaria mucho más dañina: la invisible e imperceptible capacidad de alienación del capitalismo.
  5. El debate sobre la forma organizativa del poder popular ha de partir, también, de la agudización de tres problemáticas a las que deberá darse una respuesta organizativa en ese debate: una es ¿cómo organizar un movimiento popular que intervenga en el creciente mundo del empobrecimiento, de la depauperación de la tercera edad, de las formas de miseria familiar que intenta ocultarse, y que es un caldo de cultivo para la derecha? El empobrecimiento es un arma en poder del imperialismo franco-español, a no ser que el movimiento popular cree un frente específico, o coordine y refuerce los ya existentes.
  6. Otra es, ¿cómo reforzar los movimientos populares y sociales que intervienen en el área de la cotidianeidad, de la «privacidad», en donde se refuerzan las cadenas autoritarias, el terrorismo racista y patriarcal, la sumisión a la «figura del Amo»? La debilidad del feminismo abertzale en esta área se agrava con el empeoramiento del poder del sistema patriarco-burgués. Pero es un espacio cotidiano decisivo en la reproducción de valores reaccionarios o de valores revolucionarios, dependiendo de si se interviene en su él y cómo. Si perdemos este espacio, y no lo estamos ganando, habremos perdido una de las fuerzas generadoras de conciencia nacional de clase y antipatriarcal decisivas en el período de 1965-95.
  7. La última es, ¿cómo prepararse para el más que probable recorte de los derechos de expresión mediante la Red, mediante Internet, decisivos para el movimiento popular por razones obvias? Los datos disponibles advierten que el imperialismo está preparando recortes sucesivos en el tiempo para que el tijeretazo no sea sentido como brutal, sino dosificado como el veneno para no provocar una resistencia masiva. La forma organizativa del poder popular guarda mucha relación con la política concienciadora y con los medios de lucha teórico-política. Abordar desde ahora esta cuestión es una necesidad creciente.
  8. Apreciamos, por tanto, tres fases. En la primera se trata de coordinar los colectivos, grupos y organizaciones ya existentes, impulsando a la vez las que hagan falta. La segunda, es profundizar en el debate sobre lo que une en lo básico al movimiento popular y al social, y lo conectan con el poder popular como conquista decisiva; y la tercera, la fundamental, será impulsar una organización específica para el movimiento popular, formada por la militancia que asume lo que une, que respeta las diferencias, y que es consciente del valor estratégico inestimable del movimiento popular en la creación del poder popular.
  9. Solamente así, podremos ir creando las condiciones para que en una futura Euskal Herria independiente el Estado y las demás instituciones estén controladas desde fuera por el Poder Popular, garante de los objetivos histórico irrenunciables.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

05 julio 2009

Un fantasma recorre el mundo: el poder popular


Un fantasma recorre el mundo: el poder popular

Los eventos en Honduras dan fe del profundo temor de las oligarquías ante la inminencia del desarrollo de verdaderas democracias en América Latina. Nos referimos a la noción de democracia, que incluso coincide con aquella que asomó el ex Presiente de Estados Unidos Abraham Lincoln: gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Sistema que es inviable dentro del marco capitalista, con su economía de libertad de monopolios, con su concentración de poder, con su confiscación de los medios de producción, con el secuestro de la toma de decisiones, con su democracia burguesa: careta tras la cual se consolida el poder de las oligarquías mediante la supuesta garantía de libertades públicas y procesos electorales que sólo sirven para perpetuar a los dominadores de siempre. Conformaron sociedades alienadas, enajenadas, entregadas al consumismo, desideologizadas, resignadas a la explotación, a la desesperanza. Sociedades de esclavos y sobrevivientes que comienzan a despertar y comprender que su articulación, su conciencia de clase, su organización, son los únicos caminos hacia la liberación, hacia la esperanza, hacia la confirmación de que el ser humano es parte de la Pacha Mama, y no una plaga que amenaza con desaparecerla. El socialismo real euro – soviético del siglo XX, fue también incapaz de generar una democracia verdadera. Confiscaron a los confiscadores, pero fueron incapaces de generar mecanismos de transferencia de ese poder. A la postre, desarrollaron una especie de capitalismo estatal que fortaleció una casta burocrática y dejó, una vez más, al pueblo alejado del gobierno y el poder.

La década final del siglo XX, aquella del fin de la historia y de las ideologías, fue paradójicamente útil para que los pueblos retomaran las luchas, revisaran los errores del pasado y decidieran aprovechar lo que posiblemente representa la última oportunidad que la historia nos brinda, que la humanidad se brinda a sí misma. Las relaciones humanas, las relaciones de producción, deben ser radicalmente transformadas, socializadas, redefinidas, con el fin de darle viabilidad y armonía al ser humano en este planeta. La igualdad, el bien común, la libertad, la justicia, deben ser causas y consecuencias de la transformación indispensable. Este resurgir de la humanidad se desarrolla en todos los espacios, en todos los pueblos, en el norte, el este, el oeste, pero sobretodo en el Sur. El epicentro de esta revolución definitiva se encuentra en Nuestra América, en la Abya Yala. Hay en nuestras tierras y sociedades despertares por doquier: unos súbitos, otros producto de luchas ancestrales. Dentro de este gran proceso de reorientación, la vanguardia se encuentra indiscutiblemente en los pueblos y gobiernos de los países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), en cuyo espíritu, teoría y praxis, se sintetizan todas las luchas liberadoras, todos los sueños de justicia y todos los caminos hacia la igualdad.

El objetivo de este momento histórico es la entrega del poder a los pueblos, para que en colectivo se decida, se planifique, se gobierne, se construya y se desarrolle integralmente la humanidad. El sistema de gobierno que le brindará la mayor suma de felicidad posible a su pueblo, no es otro que el gobierno del pueblo mismo. La misteriosa incógnita del hombre en libertad, sólo puede ser despejada una vez que ese hombre, esa mujer, ese colectivo, tenga el poder en sus manos y lo use en la búsqueda del bien común. Estos procesos, ya en construcción en Nuestra América, tan sólo al enunciarse ponen en riesgo el poder de los concentradores, de los explotadores, de los acaparadores de vida, alegría y libertad. Al desarrollarse, no sólo pondrán en riesgo, sino que comenzarán a desmontar esos entramados de poder elaborados a partir de la injusticia, de la desarticulación social y de la miseria de los muchos. Al desarrollarse y concretarse, harán desaparecer del todo y para siempre, esos sectores burgueses, antihumanos, que han generado la más espantosa desigualdad y la mayor suma de tristeza y sufrimiento imaginable.

En la Honduras de Zelaya, apenas se había entrado en la fase del enunciado de los objetivos sociales y políticos de un pueblo que ha sido sometido a dictaduras fascistas y a gobiernos burgueses neoliberales, generadores de miseria, frustración y pesares generales. Tan sólo se le ocurrió al Presidente Zelaya adherirse a la Alianza Bolivariana, comenzar a gobernar para los desposeídos, empezar a darle espacio a los excluidos, tratar de pulsar la opinión de su pueblo para darle el ritmo correspondiente a las reivindicaciones sociales imprescindibles, cuando la oligarquía capitalista instalada tiránicamente en cada uno de los poderes constituidos centrales (salvo en el Ejecutivo), reaccionó de la manera más ortodoxa y despótica posible: el Golpe de Estado militar – mediático - patronal. Algo semejante ocurrió en la Venezuela del 2002, aunque en nuestro país ya el proceso constituyente había avanzado, con su Constitución, con sus leyes, ya comenzaban a desarrollarse los cursos de acción para alcanzar los objetivos, mientras que en Honduras, insistimos, apenas se enunciaban. La oligarquía hondureña, con el respectivo soporte imperialista, actuó de acuerdo a su naturaleza egoísta y antidemocrática, tratando de evitar que se de el primero de miles de pasos para construir el poder popular y avanzar hacia la justicia social. Así como Washington lanzó ataques preventivos contra supuestos “terroristas” en Afganistán o Irak; así como los sionistas atacan “preventivamente” al indefenso pueblo palestino; asimismo la oligarquía hondureña, ante la simple la posibilidad de que se activara el proceso constituyente popular originario, decidió atacar “preventivamente”, para evitar el despertar inexorable del pueblo de Morazán.

Es decir, la burguesía Hondureña, gracias a la correlación de fuerzas favorable en los poderes constituidos, decidió abortar la gestación de una Patria Nueva. Se devela así el sentimiento de esta élite hacia su pueblo: miedo, terror, pavor, pánico. Saben bien que de preactivarse el proceso constituyente, ese pueblo noble sabrá abrir las puertas y caminos para protagonizar su destino y generar una sociedad digna, libre de dominación y explotación, dónde lo único que se concentre sea el amor, la libertad. Le temen al fantasma reivindicador del poder popular, le temen a la fuerza de los hombres y mujeres al socializar, le temen a la pérdida de sus privilegios y de su capacidad para explotar y enriquecerse.¡Oligarcas temblad! La correlación de fuerzas positiva en el poder constituyente hondureño y el apoyo pleno del sistema internacional, impulsado por los países del ALBA, se conjugan para revertir el zarpazo fascista – capitalista y volver a generar las condiciones para que el pueblo hondureño siga su camino hacia la liberación. La alerta popular debe ser permanente. Zelaya no es Zelaya, es la expresión genuina y colectiva del pueblo de Honduras, de los excluidos, los relegados, los invisibilizados. Su restauración, será la restauración de la dignidad, de la verdad, de la esperanza, de la libertad, de la democracia participativa, directa, real.

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del poder popular. Todas las fuerzas de las oligarquías y el imperialismo se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: hagan lo que hagan, ¡No pasarán!

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