Este artículo ha sido publicado en el libro Educación Pública: de tod@s para tod@s, recientemente publicado por la Editorial Bomarzo, coordinado por Javier Diez y Adoración Guamán. Como indica su subtítulo, Las claves de la marea verde,
el libro intenta ser una herramienta para las mareas ciudadanas que se
enfrentan hoy día a la ofensiva neoliberal contra la educación y la
sanidad públicas. En él han participado quince autores, profesores de
primaria, secundaria y universidad. Los distintos artículos recogidos
muchas veces no están en absoluto de acuerdo entre sí, pero todos tienen
la voluntad de ser un instrumento útil para la movilización social en
defensa de enseñanza pública.

El
proceso de destrucción del sistema de enseñanza pública ha adquirido en
este último año un ritmo vertiginoso. Están ocurriendo cosas que hemos
leído muchas veces que siempre les pasaban a otros, quién iba a pensar
que un día nos llegaría el turno a nosotros. Estamos ya sumidos en pleno
“auge del capitalismo del desastre” -según la tan exacta expresión de
Naomi Klein en
La doctrina del shock-, atrapados en un
trituradora neoliberal que está destruyendo nuestra sanidad y nuestra
enseñanza pública, empujándonos a un abismo que para otros ha sido
siempre esa norma a la que llamamos tercer mundo. Creo -me temo- que
dentro de poco tiempo el panorama habrá cambiado tanto que no será fácil
recordar qué es lo que había antes del desastre. Y más difícil aún será
identificar las causas por las que todo se vino abajo, así como todos
los malentendidos, las mentiras y los sofismas que han acompañado a esta
devastación.
Me voy a centrar en uno de estos malentendidos.
1
Aunque no sea ni mucho menos el más importante, creo que se trata de
una confusión -en la que también se mezclan algunas calumnias- que, a mí
personalmente, me impediría dormir ver que se deja caer en el olvido.
La cosa podría resumirse en un dicho que circuló con bastante éxito en
el marco de las luchas contra Bolonia y que -para mi sorpresa- hacía
reír a todo el mundo, incluso en ambientes que se consideraban de
izquierdas: “Por lo menos, Bolonia nos traerá el capitalismo y
terminaremos así con el feudalismo en la Universidad”. Era una gracia
miserable y miope, que encerraba una gravísima e irresponsable
confusión. Una confusión que, por cierto, ha hecho muchísimo daño no
sólo en la Universidad, sino también en el ámbito más amplio de la
enseñanza secundaria y el bachillerato.
Porque Bolonia no ha
terminado con la Universidad feudal, sino con lo que en ella quedaba de
Ilustración. Bolonia ha socavado las instituciones republicanas que
articulaban la vida universitaria. Y en su lugar ha instaurado el reino
de lo privado, lo que podríamos llamar un nuevo feudalismo. Con el
pretexto de acabar con la corrupción feudal de las instituciones, ha
acabado con las instituciones mismas, abriendo, además, las puertas al
salvajismo de los feudos más corruptos y poderosos. Para combatir la
corrupción de algunos catedráticos (en lugar de hacer caer sobre ellos
todo el peso de una Inspección de servicios decente), se ha puesto a la
Universidad en manos del Banco Santander o de Inditex. Eso a lo que
suele llamarse los “agentes sociales”, empresas, corporaciones, bancos,
laboratorios farmacéuticos, etc., no son, en definitiva, sino coágulos
de economía privada que funcionan internamente como feudos
incontrolables por la ciudadanía.
Lo increíble es que toda esta
monumental estafa ha venido ataviada con una jerga izquierdista, vestida
con todos los tintes antiinstitucionales de mayo del 68. Entre los
pedagogos izquierdistas, los tecnócratas disfrazados de pedagogos, los
anarcocapitalistas a lo Esperanza Aguirre y los banqueros postmodernos
(que, como Monti, consideran “muy aburrido” tener que trabajar en un
sitio fijo con un contrato decente
2),
el asunto era siempre acabar con las instituciones republicanas de la
Ilustración y sustituirlas por recetas más flexibles, imaginativas,
creativas, lúdicas, antijerárquicas, personales, motivadoras... Ni la
escuela pública -una de las más gloriosas conquistas de la clase obrera-
se ha librado de este salvajismo desconcertado. En lugar de admirar con
asombro la dignidad y la belleza de esa institución, que se mantiene en
pie gracias a décadas de luchas incansables de gente muy pobre y
gracias, también, a la dedicación y la generosidad de millares de
profesores y profesoras amantes de su profesión, en lugar de defenderla y
reivindicarla, se la consideró una “institución disciplinaria”, un
“aparato ideológico de Estado”, un “dispositivo de vigilancia y
castigo”... Foucault, Deleuze, Bourdieu (incluso Althusser, aunque
menos) se pusieron así al servicio de un tsunami neoliberal que no los
necesitaba en absoluto, pero que no tardó en apropiarse con mucho gusto
de su jerga. Cuarenta años después, hemos contemplado estupefactos cómo
el desmantelamiento de la Universidad pública decretado por la OMC en
1999, se ha servido de la misma manía antiinstitucional para presentarse
al público. Una vez más, se trataba de “suprimir las tarimas” y las
“jerarquías”, de suprimir, en suma, la diferencia entre saber y no
saber.
En otros ámbitos, desde luego, se fue mucho más allá y
bien caro que lo vamos a pagar. No hay más que recordar las ocurrencias
foucaultianas en los años setenta, abogando por superar la “forma
tribunal” e incluso “la diferencia entre inocente y culpable”. Se llegó a
perder hasta tal punto el norte de la cuestión que resultaba de lo más
de izquierdas hacer una apología del linchamiento -como hace Foucault en
Microfísica del poder- creyendo haber dado con la piedra
filosofal que nos permitiría convertir el Derecho en algo más
“espontáneo”, “popular” y “creativo”.
3
“Destruyamos lo que hay y, después, ya se nos ocurrirá algo”, declaraba
Foucault. La primera parte del plan ya está a punto de cumplirse. Y lo
malo es que no se nos ocurre nada. El capitalismo no nos va a consultar
sobre lo que hay que poner en el lugar de la escuela la púbica, la
seguridad social o el sistema estatal de pensiones.
Pero tanta
rebeldía contra las instituciones tuvo sus efectos. El resultado ha sido
que, en los últimos diez años, incluso los votantes de “izquierda” han
ido aceptando más o menos sin rechistar la privatización de toda la
gestión de las instituciones públicas, con la consiguiente degradación
de las condiciones laborales que ello conlleva y la perversión de todo
el orden de prioridades humanas que hay en juego. Tenemos ya un sistema
de correos privado, una seguridad privada, una policía privada, unos
ferrocarriles privados, una televisión privada, una justicia cada vez
más privada y una enseñanza y una sanidad en la que lo privado no ha
cesado de ganar terreno a lo público, hasta desembocar en el desastre
actual. Es impresionante comprobar como esta reconversión mercantil, que
ha destruido en una década el Estado del Bienestar y las garantías
constitucionales más elementales, flexibilizando todo el tejido
institucional republicano a favor de las demandas mercantiles, se ha
llevado a cabo ataviada con la famosa jerga sesentayochista (que nada
tiene que ver con lo que realmente fue el 68, supongo que no es
necesario insistir en ello). Se lograba, así, que nadie se atreviera a
partir una lanza a favor del Estado, de la Escuela, de la Sanidad
pública, del Sistema Estatal de Correos y Telecomunicaciones, de los
Ferrocarriles estatales, etc. El ejemplo de la Universidad es pavoroso:
las órdenes de la OMC y el GATS para la comunidad académica fueron
obedecidas con todo el entusiasmo del mundo por todos sus ministros,
rectores, vicerrectores y directores generales de “izquierdas”, mientras
los asesores pedagógicos y los expertos en educación cantaban alabanzas
como si se tratara de una gran ocasión para cambiar en general el
modelo educativo, supuestamente disciplinario, obsoleto y conservador,
o, en resumen, “feudal”. Y al final, sencillamente, han venido las
derechas para rematar la faena y barrer los escombros.
Así, pues,
respecto a la Universidad, todo el mundo se subió al carro de la
revolución neoliberal. Excepto el movimiento estudiantil, que,
paradójicamente, tuvo que volverse muy “conservador”. Como el
desmantelamiento de la Universidad Pública se vestía con los ropajes de
una “revolución cultural y educativa”, los estudiantes antisistema
aparecían -para periodistas y autoridades académicas- como
desconcertantemente conservadores. ¿Acaso querían conservar la
universidad feudal de toda la vida? Nadie parecía darse cuenta de que el
modelo de universidad que estaba siendo salvajemente atacado no tenía
nada que ver con el feudalismo, sino con la Ilustración. En cambio, las
derivas feudales se iban a quedar como estaban. Y en el lugar de la
universidad “humboldtiana” (lo que los documentos de la patronal
4
llamaban “el modelo europeo” de universidad, contrapuesto al americano,
mucho más competitivo y flexible) lo que se nos venía encima era una
contrarreforma feudal, protagonizada por esos nuevos feudos del siglo
XXI que son las corporaciones económicas. Los estudiantes, en efecto,
han sido muy conservadores. El movimiento estudiantil ha sido muy
consciente de que hay cosas que siempre hay que
conservar a cualquier precio: la
dignidad,
por ejemplo. A la Universidad le corresponde la tarea de conservar a
cualquier precio la dignidad de la ciencia, la dignidad de los estudios
superiores. En lugar de ponerse “al servicio de la sociedad”, la
Universidad debe ser con dignidad aquello que le corresponde ser, para
que así la sociedad pueda sentirse
orgullosa de tener una Universidad.
¿Cómo es posible que un lema tan pernicioso y miope como el de que “hay
que poner la Universidad al servicio de la sociedad”, haya sido
aceptado sin rechistar como una evidencia indiscutible? Sólo el
movimiento estudiantil se atrevió a recordar algo tan elemental como que
la Universidad tiene que estar al servicio de la verdad y no de la
sociedad, del mismo modo que los tribunales de Justicia tienen que estar
al servicio de la Justicia, y no de la sociedad. No es el Derecho el
que debe de estar al servicio de la sociedad, sino la sociedad la que
debe de estar en estado de Derecho. Si la sociedad quiere estar
orgullosa de tener una verdadera Universidad, lo mejor que puede hacer
es dejarla en paz. O como una vez dijo Lévi-Strauss: dárselo todo y no
pedirle nada.
Sin embargo, la campaña de desprestigio respecto a
la Universidad pública ha sido implacable. Se ha logrado inocular en la
opinión pública un virus de rencor y desconfianza, hasta generar la
imagen de una Universidad corrompida en la que supuestamente reinaría la
pereza, el nepotismo, la ignorancia y el despilfarro
5.
Los profesores, al parecer, no hacemos otra cosa que recitar obsoletos
apuntes amarillos, sin tener ni idea de cómo se enseña a enseñar ni cómo
se aprende a aprender. En los departamentos universitarios ni se
investiga ni se enseña, porque todo es corrupción, nepotismo y
oscurantismo (un portavoz de la ANECA los comparó con pozos negros,
contraponiéndolos al aire fresco de las revistas científicas
internacionales). En todo caso -y esta acusación era extensible a todos
los funcionarios-, el absentismo y la ineficacia rayarían, por lo visto,
en lo intolerable. Para convencer a la sociedad de que esta era la
cruda realidad, se han invertido, durante todo el proceso de Bolonia,
toneladas de propaganda y mucho dinero, movilizando un ejército de
periodistas sin vergüenzas a las órdenes de una vanguardia de canallas
afincados en el Ministerio y las Consejerías en calidad de expertos en
educación.
Da vergüenza recordar toda esta complicidad
“progresista” con el proceso de Bolonia, ahora que por fin hemos
desembocado punto por punto en el desastre sobre el que el movimiento
estudiantil llevaba alertando desde el año 2000. Todo estaba previsto;
incluso la manera en la que, llegado el momento, se iban a autoexculpar
las autoridades académicas: “el Plan Bolonia era bueno, lo que pasa es
que no ha podido aplicarse por falta de medios económicos”. ¿Realmente
pensaron alguna vez que se iban a invertir paletadas de dinero público
en esa “revolución educativa”? Es imposible que lo pensaran, no se puede
ser tan idiota. Sencillamente, mentían y el movimiento estudiantil, en
cambio, decía la verdad: Bolonia no sólo se iba aplicar a coste cero, se
iba a aplicar a coste menos cero, porque en realidad ese era su
verdadero propósito inconfesado. Bolonia no era una revolución
educativa, era un reconversión industrial aplicada a la Universidad; era
un ERE salvaje, un robo masivo de dinero público para desviarlo hacia
negocios privados, además de un invento magnífico y novedoso:
trabajadores para las empresas pagados no por las empresas, sino por
otros trabajadores, es decir, un ejército de becarios cobrando de los
impuestos para trabajar -sin ningún derecho laboral- para corporaciones
privadas. No es que la crisis haya frustrado Bolonia. La crisis es, ante
todo, una salvaje revolución neoliberal que está aprovechando la
debilidad de los trabajadores para desmantelar todas las conquistas
sociales que se habían consolidado en legislaciones e instituciones
estatales desde la Segunda Guerra Mundial. Una de estas conquistas era
la enseñanza pública. Bolonia era una de las avanzadillas de la crisis.
Pueden repasarse todos los documentos elaborados por el movimiento
estudiantil desde el año 2000. Habrá quien diga que eran proféticos.
Pero no lo eran: simplemente, estaban bien informados. Porque todo lo
que está pasando estaba anunciado en los documentos maestros de la
patronal europea y mundial.
Al mismo tiempo que avanzaba la
campaña de desprestigio, se iba preparando el camino para la
mercantilización de los departamentos. Se desposeyó a los catedráticos
de todas sus competencias, de modo que las cátedras dejaron de ser
unidades de investigación y docencia. Esto fue muy aplaudido como una
gran victoria contra el feudalismo. Lo que en verdad estaba ocurriendo
era muy distinto: con la excusa de luchar contra el nepotismo (que
podría haberse combatido perfectamente modificando el sistema de
oposiciones y con una inspección de servicios decente), lo que se hizo
fue desintegrar las unidades de investigación en mil moléculas
inestables y siempre amenazadas por las agencias de evaluación, de modo
que lo único que se ha acabado por investigar en la universidad han sido
los procedimientos para conseguir y conservar proyectos de
investigación. No hay tiempo para más: el diseño de currículos se
convirtió en la actividad principal del PDI
6.
También la asistencia a reuniones interminables necesarias para
organizar todo este proceso destructivo. En suma: jamás la burocracia
había robado tanto tiempo a la docencia y a la investigación.
Por
ejemplo, conviene comentar el papel que ha jugado todos estos años la
Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA),
cuyo primer objetivo es “la medición del rendimiento del servicio
público de la educación superior universitaria y la rendición de cuentas
a la sociedad”. Esta Agencia, como puede suponerse, es enteramente
solidaria con toda la ideología de la “calidad” que está acompañando al
proceso de liberalización económica. Para hacerse cargo de lo que
verdaderamente está en juego en el asunto de la “calidad” es importante
notar en qué se distingue de lo que en tono despectivo se ha llamado la
“excelencia” (un término tradicional, en realidad muy digno, con el que
se nombraba el “buen hacer” en el marco de la Academia). Podemos definir
la “excelencia” como la
rigurosa adaptación a las exigencias teóricas internas que impone la disciplina científica de la que se trate en cada caso. Por lo tanto, una evaluación de la “excelencia” sólo podrá realizarse desde el
interior
de cada disciplina, pues, evidentemente, sólo conociendo en qué
consisten sus exigencias teóricas propias se podrá evaluar en qué medida
y con qué grado de profundidad y rigor se están sometiendo a ellas
docentes e investigadores. Ahora bien, cuando de lo que se trata es de
conseguir que la Universidad se adapte a las cambiantes necesidades de
“la sociedad”, a la que supuestamente tiene que “rendir cuentas”, es
evidente que habrá que buscar un nuevo “patrón de medida” con el que
evaluar la actividad universitaria: la “calidad”. Lo que caracteriza al,
digamos, “universo calidad” es que no necesita delegar la evaluación de
la Academia en especialistas de cada disciplina —a los que, más bien,
se considera una banda de presuntuosos, merecedores de la mayor
desconfianza, corruptos e indolentes que sólo persiguen su propio
interés, pero que se presentan compinchados como depositarios de un no
sé qué casi sagrado (y a los que, por supuesto, se trata en
consecuencia). Por el contrario, la evaluación se confía a un grupo de
rigurosos “especialistas en calidad”, expertos en medir parámetros
objetivos según criterios externos que garanticen una correcta
adaptación a las demandas de la “sociedad”. A día de hoy, los parámetros
fundamentales de medición de la calidad son los llamados “índices de
impacto”, cuidadosamente medidos por empresas privadas estadounidenses,
entre las que destaca Thomson Reuters, especializada en medir la calidad
ya sea de pepinos, hoteles o tesis doctorales sobre Hegel.
La
diferencia con lo que ellos llamaron la obsoleta lógica de la
“excelencia” es palpable. En la tan denostada universidad “humboldtiana”
7 no hay ninguna autoridad más alta que la de
doctor. Hay, sí, una autoridad más alta que
un doctor: dos doctores, o tres o cinco, discutiendo
en público
en ese escenario que se llama la historia de la ciencia y que tiene por
actas las bibliotecas científicas de todo el planeta. A esto se le
llama, en efecto, Ilustración. Y al combatir esta Universidad de la
Ilustración, no se está abogando por algo más novedoso o más creativo,
porque no lo hay. Durante todos estos años hemos tenido que tragarnos a
los ideólogos de Bolonia decir que desde los tiempos de Newton todo ha
cambiado excepto la forma de dar clases en la Universidad y que ya era
hora de reformar tanta antigualla. Y hemos tenido que aguantar a los
pedagogos riéndoles la gracia. Esta “revolución educativa” se ha vendido
como un completo cambio de paradigma que -se dice- ha sustituido la
“cultura de la enseñanza” por la “cultura del aprendizaje” y ha
“enseñado a enseñar a los enseñantes” (prometiendo la “formación
continua” y “a la carta” a lo largo de “toda la vida” y cosas
semejantes). Pero su verdadero resultado ha sido superar la Ilustración
para devolvernos a una oscurísima Edad Media.
Pensemos, por
ejemplo, en el sistema de acceso a la función pública. Las oposiciones
podían ser un procedimiento corrompible o corrompido, pero
había que corromperlo para que lo fuera,
porque la idea no puede ser mejor. Cinco máximas autoridades académicas
argumentan y contraargumentan en pública discusión con los candidatos,
con las puertas abiertas a la luz de toda la ciudadanía, sobre el valor
científico de sus conocimientos. No hace muchísimos años, incluso, lo
opositores tenían tiempo ilimitado para defender sus argumentos y el
tribunal para rebatirlos o confirmarlos.
Todo ello ha sido
actualmente sustituido por el dictamen de unas comisiones que discuten a
puerta cerrada, encapuchados como inquisidores y como verdugos del
Santo Oficio, consultando
rankings de impacto mercantil,
elaborados por agencias financiadas por corporaciones económicas que no
pueden dar la cara porque no la tienen. Esto es, como estamos diciendo,
un nuevo feudalismo, pues, en efecto, el feudalismo
en el Antiguo Régimen, era, sobre todo, el
reino de lo privado. Y las empresas privadas no son más que nuevos feudos contemporáneos.
La
misma ceguera disfrazada de progresismo encontramos respecto del asunto
del funcionariado en la enseñanza. El sistema de oposiciones (y la idea
de que el profesor tiene que ser consiguientemente un funcionario del
Estado), en realidad, no es
un sistema. Es la infraestructura
misma de la investigación científica, el más eficaz de los artilugios
institucionales inventados para garantizar a la investigación científica
unas condiciones materiales de ejercicio público, libre y
desinteresado. En realidad, con el tan criticado “sistema de
oposiciones” lo que estaba en juego era la definición misma de
conocimiento superior: la idea, en definitiva, de que
solo la ciencia puede juzgar a la ciencia.
La Universidad es una comunidad de doctores (o de aspirantes a serlo)
más arriba de los cuales no puede haber autoridad alguna. No hay ningún
exterior a la ciencia desde el que puede juzgarse la verdad de un
teorema, la conveniencia de una investigación, la relevancia de un
experimento, la idoneidad de un currículum, un departamento o un
proyecto científico.
También aquí ha habido un malentendido
desdichadamente muy celebrado por las izquierdas y que ha hecho mucho
daño ya desde los tiempos de la lucha de los PNNs en los años setenta
8.
Se trata del empeño en imponer sobre la lógica académica una lógica
laboral y sindical. Es obvio que los profesores son trabajadores, sin
duda, y por tanto, tienen los mismos derechos que cualquier otro
trabajador, eso está fuera de toda discusión. Pero confundir la lógica
académica con la lógica de un ejército laboral ha sido completamente
pernicioso. En el caso de la enseñanza, como en el de la Justicia y la
Sanidad, la condición de funcionario es esencial y los contratos de
ayudantes, interinos, asociados, etc., tiene que ser siempre provisional
y periférica. Un funcionario no es propiamente un trabajador (aunque
también lo sea): es, ante todo, un
propietario, un propietario de
su función. Y ello es una condición esencial para el ejercicio libre de
su profesión. El no insistir en ello, es decir, la no insistencia en el
hecho de que un profesor tiene que ser esencialmente un funcionario,
confundiendo así la lógica académica con la laboral, ha creado efectos
nefastos incluso laboralmente (no digamos ya académicamente), pues si el
profesorado no es más que un ejército de trabajadores, no hay motivo
para que no lo sea de trabajadores basura, como en cualquier otro rincón
de la sociedad. Así fue como los interinos empezaron a convertirse en
legión, las plazas vitalicias se amortiguaron y los contratos se
flexibilizaron como en cualquier otro dominio del mercado laboral. El
resultado es conocido: el profesor de lengua puede dar gimnasia y
viceversa. La propaganda de Bolonia fue alucinante a este respecto: una
buena mañana, se abrieron los telediarios con la noticia de que los
profesores ya no iban a tener que estar especializados en ninguna
disciplina, porque había una empresa llamada Educlick -aún puede
buscarse su página en internet- que ofrecía unos
powers point
interactivos que, prácticamente, cubrían todo el espacio docente. Era lo
que se llamaba una “revolución educativa” sin precedentes. Y en efecto,
lo fue.
Los profesores, los jueces, los médicos, tienen que ser
funcionarios porque esa es la única garantía de su independencia (en el
caso de los profesores, de su libertad de cátedra). De la independencia
respecto de lo poderes fácticos privados y de la independencia respecto
del gobierno de turno. En el fondo, se trata de un requisito
imprescindible de la separación de poderes, y por lo tanto, de eso a lo
que llamamos Estado de Derecho. Es la garantía de la separación entre lo
estatal y lo gubernamental. De lo contrario, la enseñanza sería
adoctrinamiento gubernamental y la Justicia sería un brazo del gobierno.
La sanidad, por su parte, estaría vendida a los intereses que los
gobernantes pudieran tener en los laboratorios farmacéuticos, las casas
de seguros o las fundaciones sanitarias privadas. Los profesores deben
ser vitalicios incluso cuando sean malos profesores. Esa es la
responsabilidad de los tribunales y de las legislaciones que los rigen:
impedir que haya malos profesores. También existe, por supuesto, una
cosa llamada inspección de servicios, que debería funcionar como tal y
no como suele funcionar. Pero un profesor tiene que tener libertad de
cátedra y para eso tiene que ser funcionario.
De lo contrario,
estaríamos vendiendo el universo de la enseñanza a los poderes privados
más salvajes, como ocurre en el caso del periodismo, o sin ir más lejos,
en el de la enseñanza concertada. Los periodistas no pueden ser
independientes por mucho que se empeñen: serán siempre la voz de quien
les puede despedir a causa de lo que digan o dejen de decir. Eso es lo
que les ha convertido en un ejército de mercenarios. La cosa es
gravísima, desde luego, porque con ello hemos vendido al reino feudal de
lo privado algo tan consustancial a la Ilustración como es el uso
público de la palabra y la libertad de expresión. En cuanto a la
enseñanza concertada es, desde luego, el cáncer que nos ha llevado al
desastre actual. Los colegios concertados han encontrado mil maneras de
burlar la ley y filtrar la extracción social de sus alumnos exigiendo
tasas y donaciones o declarando tener cubierta la ratio de alumnos
prescrita. Ello ha abierto en el mundo de la enseñanza el abismo de las
clases sociales, dejando a la enseñanza pública la parte más
conflictiva. Mientras tanto, estamos pagando con nuestros impuestos una
plantilla de profesores nombrados “a dedo” por empresas y sectas
privadas, como si nunca hubiera existido la Ilustración y viviéramos de
nuevo en el Medievo feudal. Todo en nombre de la libertad de los padres
para elegir la enseñanza de sus hijos, como si la cuestión no fuera, más
bien, exactamente la contraria: el derecho que deben de tener los hijos
a librarse de los prejuicios y de la ideología de sus padres, gracias a
un sistema de instrucción pública controlado por la sociedad civil
mediante oposiciones y tribunales bien legislados. Los hijos no tienen
por qué cargar sin protección alguna con el peso de haber tenido unos
padres talibanes o testigos de Jehová o del Opus o de ETA. Hace ya mucho
que existió algo llamado Revolución Francesa y que se comprendió que un
sistema público de enseñanza servía precisamente para eso. En un
colegio estatal los alumnos tienen profesores de izquierdas y de
derechas, ateos y creyentes, homosexuales y heterosexuales, tienen
profesoras con pelos en las axilas, profesores con corbata, hippies o
pijos, en fin, tienen delante un material humano de lo más normal,
porque ha sido elegido por tribunales independientes en virtud de su
competencia en una determinada disciplina, y nadie tiene derecho a
exigirles otra cosa que no sea precisamente la competencia para
enseñarla. Bien sabido es que todo lo contrario ocurre en ese desierto
de libertades que es la enseñanza privada y concertada.
Por eso,
estremece ver a gente supuestamente progresista y de izquierdas
coquetear con esa especie de enseñanza privada para pobres que
reivindica la “autogestión” o el protagonismo de los padres en los
centros de enseñanza, cuando no el derecho de los padres a educar a sus
propios hijos, al margen de interferencias estatales. Es otro aspecto
más de la misma confusión: pretendiendo luchar contra el Estado y el
capitalismo, se acaba por extirpar los pocos vestigios de Ilustración
que la clase obrera logró incrustar ahí y se deja incólume, en cambio,
lo que el Estado tiene de feudal y, por supuesto, lo que tiene de
capitalista.
Este tema es un ejemplo de un problema más general.
Porque lo que se puede diagnosticar aquí es una especie de enfermedad
congénita de la izquierda: caer como idiotas en lo que podríamos llamar
el timo de la estampita. Y encima llamar a eso ser materialista. Los que
nos autodenominamos “comunistas” hemos sido expertos en eso. A lo largo
de la historia del comunismo ha habido muchas versiones, hasta no dejar
títere con cabeza. Como el Estado de derecho era una mera ilusión, los
comunistas teníamos que estar contra el Estado y contra el Derecho. Como
bajo el capitalismo el Parlamentarismo es una tomadura de pelo, los
anticapitalistas nos volvimos antiparlamentarios. Como la civilización y
el progreso, bajo el capitalismo, no son más que colonialismo e
imperialismo, nosotros decidíamos que para ser anticolonialistas había
que estar en contra de la civilización y para ser antiimperialistas en
contra del progreso. Y lo mismo a una escala más reducida: como las
oposiciones estaban corrompidas, en lugar de estar contra la corrupción,
había que estar contra el sistema de oposiciones. Como los catedráticos
tenían tendencia al nepotismo, en lugar de combatir el nepotismo, se
decidía suprimir los catedráticos. Como los catedráticos a veces
abusaban de los agregados, en lugar de suprimir los abusos, se optaba
por suprimir la distinción entre catedrático y agregado. Como los
funcionarios abusaban de los contratados, lo mejor era que todos fueran
contratados. Como los profesores abusan de los alumnos, lo mejor es
suprimir también esta rígida distinción y que todos aprendamos a la vez
jugando juntos al corro de la patata. Siguiendo con esta lógica, en la
enseñanza pública podríamos decidir suprimir la calefacción porque a
veces está demasiado alta o las tuberías porque el agua suele tener
sabor a cloro. Y aún se podría ir más allá, a título individual: como
los calcetines a veces nos aprietan el tobillo, lo mejor será suprimir
los calcetines; y los zapatos, y los calzoncillos... Por este camino, te
quedas en pelotas.
Y luego, por supuesto, hay que inventar algo
mejor y que inventarlo desde cero. Había que inventar algo mejor que el
Estado de Derecho, algo mejor que el parlamentarismo, algo mejor que la
democracia representativa, algo mejor que la civilización o que el
progreso. Al final, quizás las tribus indígenas tenían una solución para
todos nosotros, más allá del derecho, la civilización y
parlamentarismo. Podíamos aprender a tocar la flauta, y ya de paso,
preguntarle a cabeza de pimiento si alguien es inocente o culpable, si
conviene pelarnos el pene, amputar los clítoris o lapidar a las
adúlteras. A otra escala -y centrándonos en el tema de la enseñanza que
aquí nos ocupa- había también que reinventarlo todo desde cero. Había
que soñar un mundo nuevo para la enseñanza
9.
Los delirios hippie-progres al respecto aquí no han tenido barreras: no
hay nada que no merezca ser superado o relativizado, la distinción
entre profesor y alumno, entre padres y maestros, entre niños y adultos;
había que suprimir las tarimas, las pizarras, los pupitres, las
cátedras, las asignaturas, la calefacción y las tuberías.
Y lo
mejor es que tanto sueño se está haciendo por fin realidad. Dentro de
poco en la escuela pública ya no tendremos ni agua caliente ni tuberías
ni calefacción. Ya no habrá problemas con que los funcionarios se
corrompan, porque ya no habrá funcionarios, ni con que los catedráticos
practiquen el nepotismo, porque ya no habrá catedráticos. Las tan
antipáticas y rígidas distinciones entre asignaturas, ya han
desparecido: el profesor de gimnasia es normal que esté impartiendo
lengua o matemáticas. En general, los profesores ya no serán un
problema. Estarán tan ocupados en un trabajo basura, que los padres
tendrán que volver a ocuparse de la educación de sus hijos (los que se
lo puedan permitir, por supuesto, aunque no sean muchos). Así es que a
base de progresismo, desembocaremos en un analfabetismo, funcional o
literal, masivo. Otros tiempos, para una nueva época.
Marx decía
“un
negro es un negro, sólo bajo determinadas condiciones se convierte en
un esclavo”, “una máquina de hilar, es una máquina de hilar, sólo bajo
determinadas condiciones se convierte en capital”. Considerada en sí
misma -continuaba diciendo en el mismo texto-, una maquina de hilar
libera al hombre de las fuerzas naturales, ahorra trabajo y genera
descanso. Bajo condiciones capitalistas, impone al hombre el yugo de la
naturaleza, le obliga a un trabajo extenuante y no genera más tiempo
libre que el del paro y la indigencia. Uno no alcanza a comprender por
qué es tan difícil hacer el mismo razonamiento sobre otros temas: el
Estado, el parlamentarismo, las libertades individuales, los tribunales
de justicia o, incluso, ¿por qué no?, la policía.
En un congreso
que hubo en la Facultad de Filosofía de la UCM (en el 2011) con el tema
“¿Qué es el comunismo?”, había un cierto consenso respecto a que en una
sociedad comunista no habría policía. La policía es un cuerpo represivo
especializado en repartir porrazos al pueblo y en meter a gente pobre en
la cárcel. En algunos países y situaciones, la policía está implicada
en el narcotráfico, el contrabando y la mafia. Ahora bien, esta
situación se puede describir de dos maneras distintas: diciendo que la
policía está corrompida o diciendo que la policía no hace más que lo que
le corresponde, puesto que la corrupción es uno de sus atributos
esenciales. La cosa se complica si diagnosticamos que hay unas
condiciones estructurales, por ejemplo, esas a las que llamamos
capitalismo, en las que la policía no puede más que corromperse. O por
ejemplo: funcionar al servicio de los poderes fácticos. Aún así, no es
lo mismo decir que la policía, allí donde el poder es capitalista,
recibe órdenes del capital, que decir que la policía “en sí misma” no
puede ser más que un instrumento del capital.
Sin embargo, hay
una especie de resistencia “spinozista” -lo digo así pensando en algunos
que se autodenominan tal cosa- a traer a colación este tipo de
realidades “en sí”. Por lo visto, lo materialista sería decir que puesto
que los policías son una banda armada al servicio del capital, eso es
lo que son y punto, no hay más que decir. Es decir: la policía no sólo
es una mala realidad,
también es una mala idea. Por otro lado, ¿a qué hablar de ideas? ¿A cuento de qué empezar a contar cuentos ideales? ¿Sería eso muy materialista?
No
logro entender en qué consiste este materialismo que le tiene tanto
miedo a las ideas. Yo pienso que la policía no es una mala idea. Eso no
quiere decir que no sea una pésima realidad. Es más, si es todavía peor
que una pésima realidad, es, precisamente, porque es una buena idea. Si
la policía en sí misma no fuera otra cosa que corrupción, no podríamos
decir que está corrupta. A mí no me resulta tan difícil de imaginar una
policía que se dedicara a meter en la cárcel a los banqueros o los
evasores fiscales. La policía tiene que meter en la cárcel a los
ladrones, como tenemos claro desde que de niños jugábamos a polis y
cacos. Pero lo que no está dicho es que las leyes tengan que considerar
ladrón a Robin Hood y propietario a Emilio Botín. La policía es el brazo
de la ley: puede ser Rambo, Torrente o el Ché Guevara, depende de cuál
sea la ley. En el mencionado congreso sobre
“¿Qué es comunismo?”,
se llegó a decir que en una sociedad comunista no debería haber
policías ni para detener a los violadores, porque de eso ya se ocuparían
los amigos (o los camaradas o el pueblo o los vecinos o quién sabe si
la multitud). No se dijo quién se ocuparía de los amigos (o de los
camaradas, el pueblo o los vecinos o la multitud) en caso de ser ellos
los violadores
10.
Volvamos
ahora a lo que hemos llamado el timo de la estampita. Como el
capitalismo convierte este mundo en una pocilga, en lugar de estar
contra el capitalismo, estamos contra el mundo. La verdad es que el
capitalismo no deja títere con cabeza, ha envilecido todos los aspectos
de la vida humana y malversado el sentido de todas las instituciones
ciudadanas. La escuela y la sanidad pública
11
son las dos únicas que resisten aún a la lógica del mercado. Y por eso
están siendo destruidas. Ante este panorama, lo más estúpido que se
puede hacer es colaborar con el capitalismo en su labor destructiva y
empezar a derribar instituciones como quien lucha contra molinos de
viento,
mientras un ejército de gigantes avanza por
la espalda. Si bajo el capitalismo la democracia se convierte en una
farsa, el Derecho en un instrumento del capital, el Estado en una
maquinaria de represión, los tribunales de justicia en una ignominia, la
policía en un cuerpo de torturadores, el parlamento en un mercado de
intereses, los municipios en un nido de corrupción, etc., lo más absurdo
que podemos hacer es empeñarnos en que lo ideal sería un mundo no
capitalista en el que no existirían ninguna de esas cosas. Eso no es
estar contra el capitalismo, es estar contra el mundo. Y es empeñarse,
además, en la absurda tarea de construir un mundo nuevo a partir de las
ocurrencias de un hombre nuevo. Esto es pura religión, y en todo caso,
al mezclarse con la política, es puro fascismo.
Ahora que se
habla de lo necesario que es poner en marcha un nuevo proceso
constituyente, es muy importante tener en cuenta estas cosas de las que
estamos hablando. Yo me cuidaría de ser demasiado imaginativo. Creo que
la cuestión no es de ningún modo qué sociedad queremos y que vuele la
imaginación y que los indígenas nos enseñen a tocar la flauta. Por mi
parte -no sé si seré un caso muy raro-, sé perfectamente cuál es la
sociedad a la que aspiro: la que la sociedad moderna ha pretendido ser
(sin lograrlo en absoluto, sino todo lo contrario). Yo no aspiro a una
postmodernidad muy imaginativa, sino a una verdadera modernidad, a la
modernidad, al fin y para siempre: una sociedad de
ciudadanos
libres e iguales, independientes civilmente para elegir ser felices a su
modo obedeciendo a leyes que ellos mismos se han dictado. Este sueño
moderno, creemos algunos, no es posible más que en condiciones
socialistas de producción y, desde luego, se ha demostrado que es
absolutamente incompatible con el capitalismo. Para lo que hay que ser
imaginativo no es para inventar sociedades, sino para quitarnos de en
medio el capitalismo. Hace falta una buena idea para ganar la guerra
contra el capitalismo, porque la cosa no pinta nada bien. Una buena idea
que nos permita cambiar la correlación de fuerzas, eso es lo que
necesitamos. Pero, desde luego, lo que sí que
no necesitamos es
una idea mejor (o más creativa o flexible) que la enseñanza pública
estatal, los tribunales de justicia, el parlamentarismo o la separación
de poderes. El único “hombre nuevo” que necesitamos, fue ya pensado hace
mucho: es el
ciudadano.
El pensamiento de izquierdas
suele rasgarse las vestiduras cuando algunos que también somos de
izquierdas afirmamos que la teoría del Estado Moderno no está tan mal
pensada, que es, incluso una idea muy buena. Al decir esto no estamos
defendiendo los Estados Naciones existentes, sino todo lo contrario, lo
que estamos haciendo es denunciar que esos Estados realmente existentes
no se parecen en nada a la teoría (y que además algunos se parecen menos
aún que otros). Sobre todo por una razón: jamás se dan las condiciones
para que esos “artilugios institucionales” que en el Estado moderno
tiene por función dividir el poder, proteger el uso público de la
palabra, blindar la presunción de inocencia, etc., funcionen de verdad,
porque siempre ha habido un poder salvaje más potente, el capitalismo.
Podemos dividir el poder político cuanto queramos, garantizar la
independencia del poder judicial, proteger la inmunidad de los
parlamentarios, otorgarles libertad de expresión en la cámara, proclamar
a los cuatro vientos que todo el mundo es libre de decir lo que quiera
sin censura, podemos hacer esto y muchas cosas más y no estaremos
haciendo nada si lo que ocurre -y esto es lo que ocurre- el poder real
está en otra parte. Entre nosotros, el poder político no tiene el poder.
La economía es un poder salvaje infinitamente más potente, que actúa
masivamente al margen de la ley y que tiene, además, poder más que
suficiente para chantajear cualquier actividad parlamentaria, así como
de comprar cualquier medio de expresión ciudadana. Es un bonito negocio
esto de dividir el poder ahí donde el poder no está. Es una bonita
farsa, en verdad, inventarse un Estado de derecho en el seno de una
dictadura económica capitalista. Pero lo que no podemos hacer es caer en
la trampa y tomarla contra el Estado o el Derecho cuando el enemigo es
el capitalismo.
Bien es verdad que se ha pretendido que el Estado
no ha sido más que un instrumento en manos del capital. No cabe duda:
las dos cosas surgen sospechosamente a la vez. Pero hay que pensarlos
por separado, porque surgen a la vez, pero con un montón de derrotas de
por medio. No se puede decir que la Revolución Francesa se materialice
en el triunfo del capitalismo, hay un montón de derrotas intermedias
hasta que salió triunfante aquello que beneficiaba a la burguesía y al
liberalismo económico. Una determinada versión del Estado Moderno fue
derrotada, fue guillotinada con Robespierre.
Para empezar, es
falso que -como se dice a menudo, sobre todo entre autores marxistas-
Robespierre hablara en nombre de la burguesía triunfante. Robespierre
-como nos demuestran Florence Gauthier o Toni Domenech
12-
es más bien la continuación de una revolución antifeudal y
anticapitalista que había comenzado en Europa con las revueltas
campesinas del final del Medievo. Robespierre fue quien introdujo el
concepto de “fraternidad” en el lema de la Revolución Francesa. La
“fraternidad” exigía extender la independencia civil al conjunto de la
población, era el proyecto de una ciudadanía universal. Había que
empezar por liberar a los esclavos (y también algo que se menciona poco:
liberar a la mujer). Pero también había que garantizar las condiciones
de existencia de toda la población, campesina u obrera. Extender la
independencia civil al conjunto de la población es, para la parte
derrotada de la Revolución Francesa, la condición de un Estado
verdaderamente moderno contra el Antiguo Régimen.
Pero ese
proyecto es derrotado. Y lo que no se puede hacer es absorber todo esto
en el triunfo final de la burguesía. Eso es un disparate. Igual que se
suele decir que la Revolución Francesa representa el triunfo de la
burguesía, se podría decir que la burguesía triunfó contra la Revolución
Francesa. Como ha dicho Domenech alguna vez: lo único que la revolución
francesa tuvo de revolución burguesa fue la contrarrevolución. Lo mismo
que se dice que el Estado Moderno es el Estado burgués, podríamos decir
que la burguesía enterró la posibilidad de un determinado Estado
Moderno, precisamente ése en el que podría “imperar la ley”, es decir,
ser un auténtico “estado de derecho”. En lugar de todo eso tenemos una
dictadura económica que a veces y en determinados momentos y lugares
suficientemente privilegiados, ha podido disfrazarse con los ropajes del
derecho y el parlamentarismo.
En distintos sitios hemos defendido que es mejor plantearlo así
13,
porque de lo contrario, si todo es capitalismo, si el Estado Moderno no
es más que la cobertura del capitalismo, entonces, al combatir el
capitalismo estamos combatiendo también el Estado Moderno, con lo cual
abominamos de la división de poderes, del parlamentarismo, del estado de
derecho, etc., y, encima, nos abocamos a la insensata tarea de inventar
algo mejor que todo eso. Al final, acabamos superando al “ciudadano”
para sustituirlo por el “camarada”, el “hombre nuevo”, o algo semejante;
algunas de estas ocurrencias han tenido plasmaciones históricas
abominables.
Y además... ahora mismo es estratégicamente ruinoso
arremeter contra el Estado, justo cuando el salvajismo neoliberal, los
teóricos del mínimo Estado (que sin embargo no son tan tontos para no
guardarse las espaldas con el Estado que les conviene) están
desmantelando la seguridad social, la escuela pública, el derecho
laboral. Porque no hemos de olvidar que todas las conquistas de siglos
de lucha obrera se han ido consolidando en legislaciones estatales.
Acabar con el Estado hoy en día sería como dejar a la clase obrera en
pelotas. En cambio, la burguesía se las arreglaría muy bien con sus
policías privados y sus ejércitos mercenarios.
Los defensores de
la escuela pública en la “marea verde”, lo mismo que el movimiento
estudiantil que luchó contra Bolonia, no han caído en esta trampa. Han
sido muy conscientes de que estaban intentando salvar la dignidad de una
institución -la enseñanza pública estatal- de la voracidad salvaje del
capitalismo.
Finalmente, ya a comienzos del siglo XXI, se
empiezan a aclarar algunas cosas. El capitalismo no sólo no nos trajo
las instituciones republicanas defendidas por los pensadores políticos
de la Ilustración, sino que siempre fue incompatible con ellas. Y con el
tiempo, no ha ido más que acrecentándose esta incompatibilidad. El
resultado no puede ser más que lo que ya tenemos casi encima: una nueva
Edad Media, un nuevo feudalismo.
El ritmo del Medievo venía
jalonado por las festividades religiosas. Teóricamente, nuestra
respiración política tiene el ritmo de las elecciones democráticas.
Votamos cada cuatro años, supuestamente, para aportar nuestras razones.
Pero la economía capitalista tiene sus propias razones. Y no suelen
coincidir con las nuestras. Lo que para nosotros es una solución, para
la economía suele ser un problema. Y lo que para la economía son
soluciones, para nosotros son problemas. Nos ajustamos nosotros para
bien de la economía. Y poco a poco -sobre todo cuanto más hemos sido
derrotados en la lucha sindical- hemos acabado por comprender que más
nos vale así. Porque si a la economía le va mal, para nosotros es aún
peor, ya que dependemos a vida o muerte de esa misteriosa señora. Así es
que no votamos para aportar nuestras razones, sino para entrar en
razón. Para que no se nos ocurra votar insensateces que contradigan la
voluntad de los dioses. En estas condiciones, la democracia es muy
parecida a la religión. Con su voto, la población festeja lo que la
economía ya ha votado por su cuenta. El día de las elecciones nos
juntamos para celebrar que los dioses tienen sus buenas y sabias
razones, aunque nos sea difícil comprenderlas. Y, normalmente, votamos
en consecuencia.
Hemos vuelto a la Edad Media, pero a una Edad
Media exagerada y asfixiante, desproporcionada, insaciable.
Probablemente, el ser humano nunca ha sido tan siervo de un señor, nunca
ha estado tan expuesto a los caprichos tiránicos de un amo, como
actualmente. En los libros de Historia se suele decir que el siervo de
la gleba era fundamentalmente religioso, como si su paso por este mundo
no tuviera otro sentido que estar a la espera de una vida más allá. El
campesino medieval, se dice, vivía consagrado a su dios, pendiente de su
dios, deseoso de complacerle haciendo diariamente sus deberes... O sea,
exactamente lo mismo que hoy día ocurre con los mercados. “Hacemos los
deberes” -como dice Rajoy- para calmar la ira de los mercados, para
infundirles confianza, para prometerles ser buenos en el futuro con los
recortes y los planes de ajuste, para que no cambien de opinión y
aumente la prima de riesgo, para que no se calienten demasiado, para que
no se enfríen, para que no se constipen.
Monti dijo que los
mercados ya no eran compatibles con la pretensión de vivir varios años
en el mismo sitio. Incluso dijo que eso tenía que parecernos divertido.
Los campesinos de la Edad Media, a menudo, no salían de su pueblo en
toda su vida. Hoy la voluntad de los dioses nos quiere nómadas, pero
nómadas sin familia, sin hijos, sin religión, sin lastres culturales,
sin nada más que lo puesto para poder correr ligeros aquí y allá, según
los mercados nos vayan necesitando. Ante todo, hay que cumplir con la
voluntad del mercado. Y todo es en vano: los mercados están como una
cabra. Jamás un dios ha estado tan loco para cambiar de opinión cada
mañana, cada minuto, incluso cada milésima de segundo. Los mercados de
futuros y derivados financieros sí, están mucho más locos y son mucho
más imprevisibles que Nerón o Calígula. Y además tienen mucho más poder.
Incluso lo de Sodoma y Gomorra puede ser una broma comparado con un
hundimiento general de la confianza en los mercados. Si perdemos la
confianza de los dioses, no hay nada que hacer. Los economistas
tertulianos hablan, por eso, un lenguaje completamente religioso: hablan
de la sangre de los mercados, de cómo hay que hacerla circular, por
cierto, bombeando la sangre con sacrificios humanos. Pero lo dioses son
insaciables: aún hacen falta más sacrificios, siempre hacen falta más
sacrificios. En suma: jamás en la Historia y bajo ninguna religión, la
población ha vivido tan constantemente pendiente de un Más Allá. Los
dioses solían ser bastante estables. Es cierto que Jehová era algo
celoso y tenía mal carácter, pero nunca en las proporciones actuales.
Los judíos de Moisés o David no se levantaban todos los días temblando
de miedo y corrían a mirar el periódico para consultar la prima de
riesgo sobre el humor de Jehová. Se suponía que era un dios exigente,
pero no que fuera un demente.
Es un disparate pretender que esta
servidumbre absoluta hacia un amo chiflado, habría parecido a Kant,
Rousseau o Hegel compatible con esa condición a la que llamamos
ciudadanía. Aquí habrían reconocido más bien un nuevo Antiguo Régimen, pero mucho más oscuro, opaco y criminal.
Es
importante resaltarlo. Si decimos que esto que vivimos, por ejemplo en
Europa, no es un Estado de derecho no lo hacemos para expresar nuestra
opinión de furibundos comunistas antisistema. Tampoco porque seamos unos
idealistas que hablan de quimeras sin querer mirar a los ojos la cruda
realidad de los “estados de derecho” realmente existentes. Lo que
decimos es que son los propios filósofos gracias a los cuales hemos
entendido lo que significa esa fórmula -“estado-de-derecho”- los que se
negarían a reconocerla en esos estados realmente existentes. Sócrates,
Platón, Rousseau, Kant, Hegel, creemos que se escandalizarían al ver a
nuestros políticos afirmar que en España, Francia, Alemania o Grecia
vivimos bajo el “imperio de la ley”, en “estado de derecho”. Y no es
porque seamos estados de derechos muy imperfectos, es que no tenemos
nada que ver con ese proyecto político. Vivimos en una sociedad
capitalista. El capitalismo es un sistema de producción en el que la
población en general carece de medios de producción para subsistir por
su cuenta o, lo que no es sino la otra cara de la moneda, un sistema en
el que la mayor parte de la población tiene que buscarse la vida –vender
su fuerza de trabajo- en el mercado laboral, a cambio de un salario. En
este mercado laboral, la gente se ve obligada a trabajar en lo que sea,
al precio que sea, para producir lo que sea, en la cantidad que sea y
de la manera que sea, es decir, la gente está vendida a vida o muerte a
una lógica de producción que se determina a sus espaldas y, además,
actualmente, de forma cada vez más misteriosa incluso para los
economistas más pretenciosos, en ese mundo del sinsentido y lo
imprevisto al que llaman “los mercados”. Esto no es un “imperio de la
ley”, sino una dictadura capitalista. Esto no es la realización del
monstruo soñado por la Ilustración. Es la pesadilla a la que nos vimos
abocados cuando la Ilustración fue derrotada. Institucionalmente, hemos
regresado a la Edad Media. Antropológicamente -es lo que Santiago Alba y
yo intentábamos explicar en
El naufragio del hombre14-, en cambio, hemos ido más allá: hemos regresado a la prehistoria anterior a la Revolución Neolítica.
Notas:
1 Sobre algunos de estos asuntos me he explicado más despacio en
¿Para qué servimos los filósofos?, La Catarata, Madrid, 2012.
2 http://www.publico.es/internacional/420011/monti-digamos-la-verdad-que-monotonia-el-puesto-de-trabajo-fijo
3 Sobre esta deriva foucaultiana me he explicado con más detenimiento en
La impaciencia de la libertad, Capítulo 7, Biblioteca Nueva, Madrid, 2000.
4 Cfr. Circulo de Empresarios, 2007:
Una Universidad al servicio de la sociedad. Madrid.
5
La misma estrategia, por supuesto, se ha seguido en Sanidad. En el
Hospital del Niño Jesús de Madrid, hay ahora mismo colgada una pancarta
que la resume muy bien: “Desprestigiarnos para privatizarnos”.
6 Personal Docente Investigador.
7
Es interesante, por cierto, leer un poco sobre el tema. Cfr.: HUMBOLDT,
W. (2005): “Sobre la organización interna y externa de las
instituciones científicas superiores en Berlín”, en Logos. Anales del
Seminario de Metafísica, 38, Facultad de Filosofía UCM, pp. 283-291.
8 Sobre este tema es muy interesante el libro
Por una Universidad democrática de Francisco Fernández Buey, El Viejo Topo, Barcelona, 2010.
9
Este año, por ejemplo, ha empezado a circular por ahí -con un gran
apoyo mediático, por cierto- un panfleto inefable y lobotomizado,
confeccionado por unos auténticos mentirosos:
La educación prohibida.
“La escuela no sirve y hay que cambiarla, hay que derribarla para
empezar de cero”, rezaba una de su presentaciones en sociedad.
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/09/25/actualidad/1348597598_771130.html
10
Sin duda, los violadores pueden ser, precisamente, los policías.
Incluso, como ha ocurrido tantas veces, los policías pueden ser
sistemáticamente violadores y torturadores. En ese caso, lo que tenemos
no es sólo un crimen muy grande. Lo que tenemos es un orden político
intolerable.
11 Y en un estado de deterioro que ofende a la vista, la Justicia.
12 Como ya he comentado más despacio en
¿Para qué servimos los filósofos? (La Catarata, 2012), lo mejor para este tema es leer a Florence Gauthier o
El eclipse de la fraternidad, de Toni Domenech.
13 En
El orden de El capital (Akal, 2011) hemos discutido este planteamiento en conexión con una interpretación de la obra de Marx.
14 Santiago Alba y Carlos Fernández Liria:
El naufragio del hombre, Hiru, 2010.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.