“Esta juventud entusiasta es bella.
Tiene razón, pero aunque estuviera equivocada, la amaríamos”.
José Martí
Tenemos
escuelas que son cárceles. La estructura autoritaria, los códigos de
vestimenta, el énfasis en el silencio y el orden, el reforzamiento
negativo, la pérdida de autonomía individual, la no participación en la
toma de decisiones, la racionalización de la libertad e, incluso, el
alinearse en filas son características comunes entre las prisiones y los
colegios. Así que, en principio, la pregunta que convendría lanzar
sería: ¿por qué? ¿Por qué se utilizan métodos represivos en la escuela?
¿Es realmente necesario? Evidentemente, no.
El modelo dominante
en los sistemas educativos de la mayor parte del mundo comenzó a
aplicarse en el siglo XVIII. Fue una propuesta innovadora de la
Ilustración, una revolución dentro de la Revolución Industrial que
proponía la construcción de un sistema educativo público que siguiera
los cánones de la época, los cuales eran el eran, entre otros, el
estudio de la cultura clásica y su herencia. Esto implicaba
irremediablemente que, quien no alcanzase ese nivel de conocimiento, no
valdría para el estudio.
Las clases consistían en la lección
magistral del profesor, en el aprendizaje memorístico de los
conocimientos sin una conexión lógica entre unos y otros, en el castigo
físico y psicológico, en la incuestionable superioridad moral del
enseñante, en el rol pasivo de los estudiantes y en la evaluación por
unos resultados parciales y coyunturales. Tres siglos después, el modelo
de producción, el ordenamiento de las ciudades, los medios de
comunicación y, sobre todo, la tecnología han cambiado mucho, pero en
las escuelas sigue aplicándose mecánicamente el método mencionado unas
líneas más arriba. A pesar de poseer los más modernos aparatos
electrónicos que nos permiten acceder a todo tipo de información en unos
segundos, en las aulas sigue impuesta la pizarra de tiza, la voz
monótona y aburrida del docente se convierte en la única banda sonora y
la verdad suprema reside en los libros de texto. Lo más emocionante que
vivirá el alumno será la contemplación de las láminas y dibujos
estáticos que sirven a modo de ilustración, mientras mira por la ventana
el parque donde las hojas de los árboles no son dibujos, sino una
realidad.
Aunque no poseo los conocimientos suficientes, me
atrevo a aventurar que gran parte del abandono y del fracaso escolar
-cuestiones socioeconómicas y culturales aparte-, y de los trastornos de
hiperactividad y falta de atención son, sencillamente, consecuencia de
un sistema obsoleto. Porque no tiene sentido que niños y niñas estén
siendo bombardeados continuamente con publicidad, noticias, música,
videojuegos, mientras en las aulas debe reinar la quietud y el
aislamiento más absolutos. Además, ¿por qué han de estar los niños en
silencio todo el día, si lo propio de la infancia es la espontaneidad?
¿Por qué han de sentarse en pupitres individuales, cuando el contacto
con sus iguales es el mayor de los aprendizajes? Todos estos mecanismos
contribuyen a afirmar que, en nuestras escuelas, el alumnado no puede
expresarse genuinamente. A través de la coacción y el castigo se impone
el silencio, y la originalidad es asesinada con la imposición de tareas
repetitivas y uniformes. Y es que, como ya han denunciado muchos
profesionales de la enseñanza, esta escuela mata la creatividad de los
niños y niñas, les impide cuestionarse la realidad y los convierte en
personas dependientes.
En el mismo sentido, se trata de un
sistema en el que la autoestima juega un papel totalmente secundario.
Diariamente, los alumnos y alumnas reciben el mensaje de que la persona
triunfadora es la que alcanza los resultados exigidos (resultados
medidos según sus pautas y con los que diferimos completamente) y, por
lo tanto, los que no lo alcanzan no merecen consideración ni atención;
se les infravalora y prejuzga. Es, por supuesto, imposible hablar en
estos casos de la existencia de herramientas y personas dispuestas a
atajar los problemas del alumnado con una atención personalizada. Es más
fácil quitárselos de encima diciendo: “¡Haga este PCPI y sáquese el
título rápido!”.
En otros casos los estudiantes muestran un
desinterés total por las materias no sólo por la forma en que se
imparten las clases, sino también porque las perspectivas de futuro son
más que desalentadoras. Y es que lo que vivimos y vemos a nuestro
alrededor son puestos de trabajo precarios, jornadas laborales
larguísimas y extenuantes, paro, emigración forzada, imposibilidad de
emanciparse... En resumen, una vida infeliz de explotación y en crisis
en la que las titulaciones apenas se valoran.
Pero los que nos
quedamos dentro de las aulas también somos víctimas de las peleas de
fieras que se propician porque el valor más estimado es la
competitividad. Lo más importante es la consecución de tu objetivo,
aunque para ello tengas que pasar por encima de tus compañeros y
compañeras. Asimismo, sufrimos en primera persona a la escuela como
institución de la sociedad civil transmisora de la ideología de la clase
dominante, en palabras de Gramsci. Nuestros oídos están atiborrados de
mensajes cuyo objetivo es la aceptación de la moral burguesa y católica y
la desarticulación de la conciencia de clase a través de distintos
mecanismos como la despolitización, la condena a los pensamientos
alternativos o la promoción de la mediocridad.
Los docentes son
en gran medida responsables de todo lo anteriormente referido, aunque,
por otra parte, también víctimas. ¿Quién no se ha encontrado con
profesores que odian su trabajo? Seguro que más que los que lo aman, por
desgracia. Ser docente es una de las profesiones más difíciles y
requiere mucha entrega y entusiasmo, no es como ser ingeniero o
conductor de autobuses. El profesor trata día a día con personas muy
especiales a quienes va a transmitir sus conocimientos y las
herramientas necesarias para interactuar con el mundo, tiene que saber
comunicarse y ser guía y ayuda de sus alumnos y alumnas. No queremos
licenciados de matemáticas dando clase, queremos profesores, pedagogos
verdaderamente interesados en el aprendizaje de los jóvenes,
profesionales que sepan y adoren estar con sus estudiantes. Los
licenciados pueden dedicarse a otras millones de cosas, los profesores
sólo a una, la más importante: educar al futuro.
Es bastante
comprensible, aunque no menos trágico, por qué la escuela se convierte
en una experiencia traumática para muchos niños y jóvenes.
La
escuela del futuro me trae aún más dolores de cabeza. Lo que tanto costó
construir a nuestras abuelas y abuelos se derrumba, en completa
consonancia con la lógica neoliberal. La escuela pública, para aquellos
que sólo poseen la fuerza de sus manos, será -ya es en gran parte- un
negocio. Es un drama que vayan a especular con el futuro de todos y que
sólo accedan a la educación los que puedan pagarla, como si la educación
fuese una mercancía. Resulta que es un derecho. Entonces, los pobres
seremos doblemente pobres: desposeídos e ignorantes. Nos están echando
del sistema educativo, y eso demuestra, una vez más, que el capitalismo
es estructuralmente incompatible con la educación pública y universal.
Pero
no quisiera que se cometiese el mismo error de muchos movimientos
estudiantiles lo largo de la historia, que, a pesar de la sangre vertida
y del sacrificio por un futuro mejor, no han sabido o no han podido
hacer una propuesta en positivo que estuviera lo suficientemente
concretizada. Denunciar es necesario, construir es obligatorio, aunque
lo más complejo de todo.
Creo sinceramente que el principio
básico de la Educación debe ser enseñar a pensar, es decir, que los
alumnos y alumnas sean capaces de tomar sus decisiones responsablemente,
puedan sacar conclusiones de los hechos y se formen opiniones acerca de
las cosas. Por esto mismo, la escuela debe ser un espacio de debate
constante en un ambiente de libertad y plenitud. Siguiendo con eso, las
decisiones en relación al centro de estudios y a la etapa educativa
deben ser tomadas por las personas implicadas y no por gestores ajenos,
es decir, por el alumnado y el profesorado de manera efectiva y real. La
voz de los niños, de las niñas y de la juventud no puede seguir estando
sujeta a grilletes porque no somos personas que deban callar; muy al
contrario, hemos de participar en la vida social y política aportando
nuestra visión particular del mundo y equivocándonos, que es, a fin de
cuentas, una de las formas más bonitas de aprender.
El
conocimiento debe poder palparse, y para eso es necesario renunciar a
los materiales tradicionales que tanto aburren al estudiantado y
reemplazarlos por las nuevas tecnologías y la experiencia empírica. Hay
que cambiar totalmente de paradigma y dejar de concebir la escuela como
fábrica de trabajadores muy especializados al servicio de una economía
competitiva, en la que el objetivo primordial es la superación de
evaluaciones externas y estándares elaborados de acuerdo a comités de
expertos que responden a los intereses de las grandes empresas. Los
centros educativos son espacios de formación integral, y el aprendizaje
verdadero alejado de lo meramente memorístico es sólo alcanzable a
través de la actividad colectiva entre los alumnos y alumnas. El
profesor no es ya el recipiente de toda sabiduría, sino un guía que
permite a los alumnos encontrar las herramientas para “aprender a
aprender”.
Mil cosas más podrían engrosar este párrafo, pero no
me corresponde a mí hacerlo ni creo que éste sea el lugar más adecuado.
Esa titánica tarea se la dejo a las y los activistas, a la infancia, al
pueblo entero, que de una vez por todas debe hacer realidad su
soberanía, y espero que pronto.
Responder, finalmente, a la
pregunta que abre este artículo no me resulta difícil, y seré tajante:
quiero una educación que sea un verdadero placer para el que la adquiere
y para el que la facilita.
Estas líneas son escritas con el
conocimiento que aporta la experiencia -una “pedagogía instintiva” por
llamarlo de alguna forma- de una alumna cansada de percibir amargura, y
de sufrirla, cada mañana al entrar a su escuela. En ningún caso el
artículo tiene una intención formativa, ni siquiera una fuente fielmente
contrastada, ni se puede considerar que esté completo en cuanto a
contenidos. Es, simplemente, el relato de una vivencia que me era
necesario compartir antes de abandonar la escuela, por si los que me
suceden sienten esto tan profundo como yo lo he sentido y tienen las
mismas ganas de cambiarlo.
No es utópico lo que se acaba de
plantear, transformar el enfoque dado a la Educación es cuestión de
voluntad, aunque imposible dentro de un sistema que ni siquiera
garantiza este derecho a todas las personas. A día de hoy, 121 millones
de niños y niñas aún no han pisado una escuela, y lo fundamental es que
lo hagan. En cualquier caso, ninguna de las reivindicaciones aquí
vertidas -educación universal, por una parte, y sistema educativo
radicalmente distinto al actual, por otro- está siendo atendida ni podrá
serlo en nuestra realidad. Porque, como decía Karl Marx, “necesitamos
otra educación para otra sociedad y otra sociedad para otra educación”.
Espero,
entonces, que nos veamos en cada calle y en cada aula forjando una
trinchera para ganar la batalla: o nuestras vidas o sus beneficios.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.