¡INAPLICABILIDAD DE LEY Nº29944 LEY DE REFORMA MAGISTERIAL; PAGO INMEDIATO DEL 30% POR PREPARACION DE CLASES Y EVALUACION!

Para tener Presente

"Los Maestros, al ponernos al servicio del Estado, no hemos vendido nuestra conciencia ni hipotecado nuestras opiniones, ni hemos perdido nuestra ciudadanía. El hecho de recibir una suma mensual de dinero significa sólo el pago de nuestros servicios profesionales, pero no el pago de un silencio y de una conformidad que repugna. Quienes pretenden que el maestro debe "callar, obedecer y trabajar", están en un error, y cometen un insulto a la dignidad humana... ". José Antonio Encinas

¿REFORMA EDUCATIVA?

¿Reforma educativa para mejorar la calidad académica? Es posible esto sin atender el rezago educativo en materia de infraestructura en zonas marginales, con estudiantes mal alimentados y desnutridos, sin planes de estudio acorde a las necesidades de la población.

Evaluar a los maestros, ¿Quiénes, las instituciones corruptas del Estado? ¿La Ministra Bachiller que no sabe quien proclamó la independencia del Perú? ¿Los intelectuales “expertos” de la televisión? ¿Los periodistas mercenarios asalariados de la gran empresa?


ley de reforma magisterial y la destitucion por inasistencia y tardanza

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29 noviembre 2013

una larga y continua guerra de clase contra la gente trabajadora y los pobres

En el Día de Gracias, uno de cada 6 estadunidenses padece hambre y hay 610 mil sin techo
El índice de pobreza más alto de los países de la OCDE; supera el 17%



Este jueves se celebra el Día de Acción de Gracias y millones preparan el tradicional banquete y las grandes cadenas comerciales compiten por ver quién puede abrir sus puertas más temprano para iniciar lo que esperan será una muy próspera temporada navideña, mientras las noticias festejan que la Bolsa de Valores ha llegado a alturas sin precedente y empresas reportan ganancias récord; en apariencia, todo está muy bien, si uno ignora los índices de hambre sin precedente, los cientos de miles sin techo, los millones de desempleados y la mayor desigualdad económica vivida desde la gran depresión.
La gran recesión que estalló en 2007 aceleró las tendencias que se habían desarrollado durante las últimas tres décadas, sobre todo en la anulación de empleos de ingreso medio –el gran motor del auge estadunidense posguerra– y la masiva concentración de riqueza en el uno por ciento más rico. Ahora Estados Unidos se destaca por la mayor desigualdad de riqueza en el mundo avanzado.
Durante la gran recesión se esfumaron entre 7.5 y 8 millones de empleos, la mitad en sectores que pagaban salarios de nivel clase media, pero sólo 2 por ciento de los 3 millones 500 mil empleos recuperados desde el fin oficial de esa recesión, en junio de 2009, son de dicho nivel de ingreso. Según reportó Ap a principios de este año, cerca de 70 por ciento de los empleos recuperados son de bajo ingreso, por 29 por ciento de ingreso alto.
Durante esta gran recesión, entre 2007 y 2009 el ingreso real promedio por familia se desplomó 17.4 por ciento, pero al concluir esa crisis el uno por ciento más rico capturó 121 por ciento del incremento en ingresos en los dos primeros años de la recuperación, mientras el ingreso del 99 por ciento restante se encogió .4 por ciento, según las investigaciones del economista Emmanuel Saez, de la Universidad de California en Berkeley.
Con ello, los más ricos alcanzaron los niveles más altos de ingreso registrados en un siglo: el 10 por ciento más rico captó 48.2 por ciento del ingreso nacional, el uno por ciento más rico más de 20 por ciento, según cifras analizadas por el Instituto de Política Económica. El porcentaje ahora captado por ese uno por ciento más rico es más del doble de lo que obtenía hace tres décadas (10 por ciento en 1979).
En 2012, en Estados Unidos 46 millones y medio de personas se clasificaban como pobres –la cifra más alta registrada en los 54 años que se ha medido, reportó el Servicio de Investigaciones del Congreso. El índice de pobreza en 2013 es de más de 17 por ciento, el más alto de todos los países de la OCDE. El índice de pobreza de menores de edad era aún más alto: 23 por ciento, lo cual significa que más de uno de cada cinco menores de edad en Estados Unidos vive en la pobreza.
Una séptima parte de la población estadunidense depende ahora del programa de asistencia alimenticio del gobierno federal –casi 48 millones, según las estadísticas más recientes de julio de 2013. En 2007, cuando inició la recesión, unos 26 millones dependían de este programa. A pesar de ese incremento de 77 por ciento, el Congreso está recortando gastos en este programa.
Uno de cada seis estadunidenses enfrenta hambre, según la organización Feeding America. En 2012, 49 millones de personas se encontraban en hogares considerados inseguros de alimento, casi 15 por ciento de todos los hogares, según cifras oficiales. Seis millones de hogares accedieron a servicios de alimento de emergencia.
En tanto, hay unas 610 mil personas sin techo en este país; casi la cuarta parte son menores de edad, de acuerdo con cifras oficiales basadas en sondeos, aunque expertos sospechan que son muchos más. Más de 57 mil son veteranos militares. Dos tercios estaban en un albergue de emergencia o en programas de vivienda transitoria, el otro tercio en las calles. La cifra se ha reducido modestamente en los últimos tres años, pero en las dos principales ciudades del país, Nueva York y Los Ángeles, se han registrado incrementos a cifras récord en los últimos años. De acuerdo con datos del gobierno federal, hay 53 mil 800 personas sin techo en Los Ángeles, un incremento de 27 por ciento respecto del año anterior. En Nueva York, más de 64 mil, un incremento de 13 por ciento, índices no vistos desde la gran depresión, señaló el New York Times.
No sorprende que los estadunidenses estén viviendo con un nivel sin precedente de ansiedad económica, como reporta el Wa-shington Post, que en una de sus encuestas registra que más de 6 de cada 10 trabajadores se preocupan por perder su empleo por razones económicas, y uno de cada tres dice preocuparse mucho por eso, cifras récord en sondeos sobre este tema. De los que tienen ingresos más bajos, 85 por ciento teme que no tendrá suficiente para pagar sus costos de vida.
Entre las explicaciones por el estancamiento de los salarios de los trabajadores y la creciente brecha económica prevalece la de los cambios tecnológicos y la nueva era digital, pero una investigación reciente del Centro para la Investigación Económica y Política encuentra que no hay evidencia para apoyar esta tesis. La redistribución de ingreso hacia los más ricos que se ha intensificado desde 2000, pero que empezó hace tres décadas, es resultado, argumentan, de una combinación de factores, entre ellos el ataque para debilitar a los sindicatos (la tasa de sindicalización se ha desplomado a 6.6 por ciento del sector privado, y 11.3 por ciento si se incluye el sector público, de su punto máximo del 35 por ciento en los años 50, y más de 20 por ciento en los 70), políticas de comercio internacional que han permitido que empresas trasladen al gusto operaciones industriales y la desregulación de sectores claves y sobre todo el financiero. O sea, no es por razones objetivas de transformación de la economía, sino por decisiones políticas.
Esto es sólo parte de una larga y continua guerra de clase contra la gente trabajadora y los pobres. Es una guerra conducida por un liderazgo empresarial de alta conciencia de clase, resume Noam Chomsky en una entrevista reciente publicada en el nuevo libro Chomsky’s OCCUPY, de Zuccotti Park Press, al abordar la situación económica y política de Estados Unidos. Agregó que también “ilustra el destrozo considerable del sistema entero de democracia… El 70 por ciento de la población está virtualmente privado de derechos de representación política; tiene casi nula influencia sobre política, y al subir la escala (económica) uno obtiene más influencia. En la cima, básicamente uno controla el show”.
Así, para la mayoría, no hay mucho por lo cual dar gracias.

01 octubre 2013

La derecha tiene un Plan




La derecha tiene un Plan (I)
No hay duda de que el declive de la democracia y la erosión progresiva del sistema de derechos son cuestiones fundamentales para una política de izquierdas hacia el siglo XXI. La crisis ha acelerado ese proceso en muy poco tiempo, hasta el punto que hoy trabajar en política ha dejado de ser un oficio prestigioso. No son pocos los que ahora opinan que la política es, intrínsecamente, una actividad enfermiza, contaminada por la mentira, la corrupción y el poder sin escrúpulos. Lo grave es que muchos de quienes la perciben de esa manera no lo hacían así hasta muy recientemente, y aunque a veces lo hagan de manera sesgada y exagerada, es porque encuentran a su alrededor razones de peso para distanciarse de ella. En todo caso, es ya preocupante la expansión creciente de una ideología difusa, mezcla de anticapitalismo retórico y patrioterismo rampante, que sitúa en la orilla de enfrente al sistema democrático y a sus representantes, con independencia de sus responsabilidades y filiación política. Con la agudización de la crisis, el negativismo político ha pasado a ser una referencia al alza que ha acabado por convertirse en un nuevo sentido común de sectores empobrecidos de la población, particularmente furiosos con la “política” y los “políticos”, sobre los que se proyectan con especial virulencia las estrategias de comunicación de los medios conservadores. Una de causas más destacadas de esta desafección social es la similitud de planteamientos entre la derecha y la izquierda tradicional (léase, socialdemocracia) en cuestiones decisivas (privatizaciones, desregulaciones, mercado de trabajo, políticas económicas y monetarias, defensa, política exterior y europea), que ha devenido en los últimos años en una unidad de pensamiento, sobre todo en lo económico, difuminando sus diferencias en el tratamiento de la crisis. De ese modo, se tiende a afianzar la idea de que la izquierda política no ofrece alternativas válidas y que los ámbitos de decisiones políticas ya no residen en las asambleas electivas (ayuntamientos y parlamentos) sino en las estructuras piramidales en las que se refugia la aristocracia gubernamental y funcionarial europea. Ello conduce inevitablemente a que mucha gente piense que la política es privativa de quienes la ejercen sin escrúpulos y que la democracia es un derecho inútil pulverizado por una casta de privilegiados.
Cuarenta años de Dictadura dejan secuelas irreversibles en la visión y en el lenguaje de la política. A ello se le une el imperio del “todo vale” de los años dorados del crecimiento inmobiliario ilimitado, síntoma inequívoco del predominio del relativismo moral en la vida pública y del olvido programado de nuestro pasado reciente. Varias promociones de jóvenes cambiaron la escuela por trabajos precarios sin cualificación alguna (pero con ganancias rápidas), lo que, acompañado por cifras escandalosas de fracaso escolar y bajo nivel educativo, facilitó su vulnerabilidad a las manifestaciones más extremas y groseras de la cultura de masas. A la vez, un aumento considerable de sus rentas les produjo el espejismo de formar parte de una categoría social superior desligada de la clase obrera. Este fenómeno no fue privativo de los jóvenes trabajadores. Antes bien, el impacto difuso de las rentas derivadas del ladrillo sobre la conciencia de los trabajadores también fue demoledor. La consecuencia ha sido que un amplio sector de la juventud y de la clase obrera se consideró ajeno al movimiento histórico de clase, convirtiéndose en masa de maniobra potencial del populismo y de la demagogia. Véase las abrumadoras mayorías conservadoras desde mediados de los 90.
Sin duda, estas dinámicas han contribuido a justificar la descalificación de la memoria histórica como fuente de conocimiento y reparación de las víctimas, pero, también, en tanto instrumento de previsión de futuro. La estrategia parece clara: laminar las fuentes de legitimidad de las fuerzas de progreso, como paso previo a su inevitable condena y a la rehabilitación de los valores sacralizados de la Dictadura. Es la hora de la despolitización como nueva conducta social de referencia y de la resignación como actitud moral deseable.
De ahí que ha llegado un punto en el que la distancia entre el apoliticismo y el antipoliticismo militante tienda a borrarse y confluyan en las filas ultramontanas del nacionalismo patrio, tan entregado como siempre al verbo florido y al ripio desmayado de la poesía cuartelera. Para los que no recuerden, no quieran recordar o no tengan edad para ello, hubo un día no demasiado lejano en que la maquinaria propagandística del Régimen franquista se inspiraba en la condena y exterminio de los partidos y de las instituciones democráticas como la mejor manera de avalar la insurrección golpista encabezada por Franco contra la República.
El éxito de este discurso está a la vista. Cada día es más evidente que la derecha pretende emancipar al Estado de su sustancia garantista y de derechos, incluido de las (supuestas) servidumbres de “los nacionalismos periféricos”, y que su proyecto de retorno al centralismo encuentra acomodo en los dogmas y tradiciones de la España nacional-católica. En contrapartida, ello estimula las reclamaciones de independencia nacional y de creación de nuevos estados en Catalunya y Euskadi. Existe por tanto una innegable conexión entre la creciente fascistización del discurso político y la defensa dogmática de la centralidad orgánica del Estado, al amparo del artículo 2 de la CE, con la oleada de recortes públicos y la supresión de derechos en toda su extensión.
El neofascismo que viene (II)
La originalidad de este viejísimo, y a la vez novísimo modo de conservadurismo, estriba en su sentido a (o anti) historicista en el ejercicio de una voluntad de poder (u oposición) sin ataduras, es decir, en una revisión radical del pasado que le permitiría reencontrarse con doctrinas y valores no sólo preconstitucionales y prerepublicanos sino preilustrados, en aparente confrontación con el moderno sistema público de derechos. A simple vista parece una vuelta al pasado pero no lo es, pues la refundación nacional-católica del Estado y de la sociedad hoy en marcha, que desembocaría en comportamientos autoritarios cada día más intensos, tiene una finalidad estrictamente moderna: promover políticas de des-socialización de la esfera pública e incrementar las dependencias y servidumbres del mundo del trabajo a la dictadura de un mercado liberado de la política, pero que busca, en cambio, sacralizarse expresándose paradójicamente a través de ella, pervirtiéndola. Esta perspectiva renegaría del proyecto ideal de una Europa de los ciudadanos, a cambio de reforzar en términos de vasallaje la relación de los estados del Sur y Este europeo con un Centro-Norte germanizado. El casi absoluto triunfo electoral de A. Merkel acentuará esa tendencia.
Es necesario insistir en que la derecha, más allá de las improvisaciones, de los giros programáticos o de la ineptitud de sus dirigentes, tiene un Plan Estratégico de fondo que requiere, para llevarlo a cabo, disponer de una herramienta singular, coherente con sus tradiciones: el reagrupamiento de todas las fuerzas conservadoras, desde la derecha liberal a las “nacionales” y ultracatólicas, herederas del viejo Espíritu de Cruzada y de Reconquista de la Patria en peligro. En ese nuevo bloque social regresivo, el sustrato fascista ha ganado influencia, pasando de tener un carácter más o menos residual a ser la corriente que contamina los comportamientos del gobierno, comunidades y municipios del PP, y a un sector muy amplio de sus votantes y afiliados.
En plena revisión del pasado, los particulares antagonismos del fascismo no han hecho sino actualizarse, de manera que el esquema de criminalización de sus oponentes, ahora bajo nuevas denominaciones, sigue en vigor: 15 M, las Mareas, las Plataformas de Afectados por las Hipotecas, las reivindicaciones, las organizaciones sindicales, los movimientos sociales alternativos, sustituyen en el imaginario conservador al viejo fantasma comunista, socialista, laico y republicano; y donde antes se cantaban, banderas al viento, los valores eternos de la Patria, ahora es la defensa casposa de la España-Nación frente a los enemigos independentistas.
En su versión moderna, dicha estrategia pasa por construir paso a paso un Orden Social Nuevo, administrado por un Estado de Nueva Planta mediante el control exhaustivo de palancas decisivas (Escuela y Universidades, medios de comunicación, justicia, seguridad, defensa..), la ocupación del entramado asociativo e institucional de base (espacio antes reservado a la izquierda), el protagonismo de organizaciones y movimientos confesionales y la conformación de nuevas mayorías sociales angustiadas por el miedo y el escepticismo. Gramsci al revés, revisitado por Gil Robles.
Habría entonces que interpretar la escalada de atropellos no solo en su vertiente más cruel, más visible: el saqueo de las rentas populares en favor de los poderosos, sino como una parte fundamental del combate de la derecha contra la población, en su intento de someterla al dictado de los grandes poderes corporativos, lo que en caso de éxito les garantizaría su plena sumisión (“la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía la está ganando”. W. Buffet, una de las primeras fortunas del mundo). Para ello, es indispensable descalificar al estado democrático, laico y descentralizado como un ente caro, desvertebrado y “enrojecido”.
Qué duda cabe de que la derecha tiene una pedagogía social definida de la mano de una agenda política precisa. La derecha tiene, en definitiva, un Plan. Una hoja de ruta inalterable pese a la pérdida de 15 puntos en las encuestas, afianzada en el hecho de que la izquierda oficial se muestra incapaz de ofrecer una alternativa útil y creíble, con aspiraciones mayoritarias (con un 11 o 12% IU no está en condiciones de marcar el sorpasso, es decir, de presentarse como una alternativa suficiente). Esta agenda, por otra parte, es deudora de la ideología histórica conservadora (Menéndez Pelayo, entre otros), trufada con la belicosidad “frentista” de la antigua CEDA de Gil Robles y el nacional populismo Joséantoniano. Un ideario irredento que jamás toleró convivir con sus adversarios, ni desde el poder, descalificándolos, ni desde la oposición, negando carta de naturaleza a los gobiernos mayoritariamente refrendados en las urnas. Véase lo más reciente: la cuestionada victoria de Zapatero en 2004.
Su proclividad a la dictadura queda tamizada por la pervivencia, aún, de reglas democráticas a las que, sin embargo, degrada e instrumentaliza mediante el empleo de mecanismos autoritarios de ejercicio del poder y de usurpación del Estado. Esto, de momento. Por tanto, nada de concesiones, transacciones, pactos o negociaciones con otras fuerzas sociales o políticas que no sea sobre la aceptación de sus propuestas. Su predominio en todos los frentes, incluido el aparato de justicia y el tribunal constitucional, le permiten ejercer a placer una “dictadura invisible”, sin apenas resistencia desde la izquierda parlamentaria.
¿Y la izquierda, tiene un Plan? (y III)
Si es claro que la derecha tiene un Plan, no lo es tanto en el caso de la izquierda. El Plan de la derecha incluye una ruta precisa que persigue la implantación duradera de un modelo de maltusianismo social, garantizado por un Estado de excepción permanente, bajo los auspicios de una Europa neoliberal que camina en la misma dirección autodestructiva: Tratado de Lisboa dixit, Merkel interpreta. Con las bendiciones de la Conferencia Episcopal, esa estrategia no admite contemporizar con los más desfavorecidos ni con sus representantes, tampoco se permite la debilidad de la compasión ni el consuelo a las víctimas. Ni una sola lágrima. Los dirigentes conservadores de cualquier escala, han sido aleccionados sobre el castigo merecido a que se han hecho acreedores las clases trabajadoras por su desordenado e irrefrenable apetito de consumir por encima de sus posibilidades (sic). El didactismo calvinista de Merkel, sobre la inevitable condena y expiación por sus pecados capitales de los países del Sur, es definitivo. No les importa los ingentes sufrimientos de millones de ciudadanos masacrados por sus decisiones, los suicidios, las depresiones, la vergüenza y la ira que sienten quienes ahora, después de años de duro trabajo, ven recortadas sus pensiones, están en el pozo del paro, acuden al banco de alimentos, pierden la vivienda o están amenazados de desahucio. Mientras disfrutan de generosas indemnizaciones, sueldos y pensiones, fruto del latrocinio a que han sometido a este país, entran a saco en las arcas del estado, de los municipios y comunidades autónomas, venden sospechosamente a precio de saldo el patrimonio público y viven felizmente entre risas en urbanizaciones cerradas, miles de jóvenes profesionales y científicos de dispersan en diáspora por el mundo en busca de trabajo, se suprimen becas, plazas de profesores, aulas, servicios hospitalarios y centros de salud, laboratorios de investigación, ayudas a la Dependencia; centenares de miles de niños padecen desnutrición y millones y millones de personas deambulan por las calles, derrotados, porque se les ha arrebatado sus sueños. Quién les reparará su dolor, quién les aliviará sus duelos, quién les compensará las noches de insomnio, quién la rabia y las humillaciones, quién los días, los meses y los años de infinita vergüenza y soledad? ¿Quién les restituirá su antigua condición de ciudadanos?
Ante tales calamidades, ¿cuál es el plan de la izquierda política para salir del atolladero?
La percepción popular es que no existe. No se trata de proponer modelos declarativos (hay toneladas de documentos en los archivos y hemerotecas) sino de organizar y movilizar acciones, propuestas y medidas estructuradas en torno a un proyecto alternativo de salida a la crisis y, en coherencia, avanzar en la construcción de los instrumentos políticos necesarios para ello.
Y no existe porque en su estado actual, los partidos, incluidos los de la izquierda oficial, se han transformado en voraces maquinarias electorales cuya finalidad es la obtención de cuotas de poder al servicio de sus respectivos equipos dirigentes. Este poder no es solo político; también se extiende a los consejos de administración de las cajas, fundaciones, empresas públicas, participadas, privatizadas o entidades privadas, que facilitan la transferencia de activos políticos, activos amortizados o la recolocación de pasivos en caso de jubilación. La reconversión de los partidos en estructuras verticalizadas, anti democráticas, impermeables, dedicadas a costosísimas campañas que les permitan garantizar sus organigramas ante cualquier circunstancia, los ha llevado a ser organizaciones subalternas de otros poderes corporativos, marcadas bajo la influencia de todo tipo de operaciones oscuras.
Así que, hoy, no parece que el centro de las nuevas alternativas pase por esa izquierda, ni se dirima en sus ámbitos particulares. Son ahora los grandes movimientos del 15M, las Mareas, las plataformas, los sindicatos y organizaciones sociales de donde emergen las nuevas respuestas democráticas al neoliberalismo y de donde surgirán los jóvenes protagonistas de los futuros cambios.
Necesariamente, la derrota de la derecha en el frente electoral es absolutamente prioritaria. Pasa por la concreción de nuevos instrumentos que superen los enfoques sectarios de que los partidos son el centro del universo político, la madre de las soluciones de todas las batallas. Por más que aspiren a lograrlo y la inercia les haga creer en el don de la exclusividad, ya no disfrutan de una posición de dominio de la actividad la política. Hay vida antes y después de ellos, sin que eso signifique su inanidad, hecho que será inevitable, por otra parte, si no surgen corrientes internas democratizadoras y programáticamente unitarias y reformistas en el corto plazo, que aspiren a gobernarlos.
Han surgido nuevos sujetos sociales que reclaman un giro radical en el concepto, los métodos y en las formas de abordar las dinámicas políticas, pero también en los proyectos y la manera de elaborarlos y defenderlos. Estos nuevos sujetos ni caben ni se sienten identificados con el actual sistema de partidos en general ni con esta izquierda oficial en particular. Buscan nuevos instrumentos de mediación y representación que los superen y desearían transitar por caminos inéditos abiertos por ellos mismos: Construir Otra cosa distinta, supra y a partidaria, que sea el producto de la suma de muchos en una amplísima convergencia de largo aliento, en defensa de un programa común y democrático de mínimos al que estarían convocados, sin jerarquía ni cuotas de poder alguna, cuantas fuerzas políticas, sindicales, sociales, profesionales, culturales… lo desearan…. Defensa de lo público, democracia, derechos e igualdad, reforma de las instituciones del estado y de la constitución, sostenibilidad, empleo, I+D… Probablemente vale la pena intentarlo.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

30 agosto 2013

Lucha de clases y resistencia en la era del capitalismo extractivo


Traducido para Rebelión por Silvia Arana

Introducción La lucha de clases es esencial para enmarcar cuestiones de régimen político, relaciones de clase, estructuras y estrategias económicas y distribución de la riqueza.
La lucha de clases posee un carácter internacionalista, especialmente en esta era de globalización imperialista; las corporaciones multinacionales, las organizaciones financieras internacionales y los estados imperiales intervienen directa o indirectamente, a través de estados colaboracionistas o testaferros, en la "lucha de clases entre los trabajadores y el capital". Esto es particularmente evidente en América Latina con el auge del capitalismo extractivo: las gigantescas corporaciones agro-mineras tienen un papel principal en la elaboración de políticas económicas, que van en detrimento de los trabajadores, de las comunidades y de los pueblos indígenas.
Las clases en lucha varían según la época y el lugar, dependiendo de condiciones socio-económicas y políticas, organización, trayectoria histórica, distribución del ingreso y sitios de explotación económica y despojo.
La naturaleza de las luchas y las demandas conflictivas entre trabajadores y capital varía en términos de alcance, intensidad, ubicación geográfica e intereses de clase. El rango de temas abarca desde demandas sectoriales específicas sobre salario y condiciones de trabajo hasta luchas más amplias que abarcan tanto políticas públicas sobre presupuesto, decisiones de inversión y derechos de propiedad como cuestiones de despojo, contaminación y los impactos destructivos en las comunidades locales.
En las luchas de clases participan dos rivales principales. La lucha de la clase dominante, "desde arriba", en la que varios sectores capitalistas usan su poder social, control económico y penetración estatal para maximizar las ganancias inmediatas y futuras, para monopolizar las asignaciones del presupuesto estatal, para limitar la parte del ingreso destinado a los trabajadores y para despojar y desplazar a pequeños productores y habitantes locales de las regiones ricas en recursos. La lucha de la clase popular, "desde abajo", involucra a una panoplia de clases abarcando a desempleados y a obreros de la industria, gremios públicos y empleados asalariados del sector privado, campesinos sin tierra, pequeños productores y comunidades indígenas. Sus demandas cubren un amplio rango que va desde una mayor participación en el ingreso nacional, la recuperación de tierras y recursos usurpados por el estado para las corporaciones agro-mineras, hasta un cambio sistémico en derechos de propiedad y relaciones de clase.
Uno de los determinantes clave del alcance y la profundidad de la lucha de clases es el "momento del ciclo económico" -el punto en el cual un modelo económico particular está en una fase ascendente o ya ha extenuado sus posibilidades y ha ingresado en su declinación y crisis. Por ejemplo, en años recientes presenciamos el auge del neoliberalismo, entre mediados de los 70s y fines de los 90s, un periodo en el que el capital estuvo en la ofensiva, librando una guerra de clases y revirtiendo los avances de los obreros y campesinos, privatizando la economía y saqueando el tesoro público. A fines de la década del 90 y principios del siglo XXI, el neoliberalismo entró en crisis, se intensificó la lucha de clases desde abajo, abarcando desde los movimientos de trabajadores desocupados de Argentina, a los movimientos indígenas de Bolivia y Ecuador que causaron la caída de varios regímenes y el surgimiento de gobiernos post neoliberales.
De igual manera, la declinación del mega-ciclo (boom de una década de las economías exportadoras de commodities) que comenzó en 2012-2013, está siendo acompañada por un auge de movimientos urbanos de masas que protestan contra las políticas de los regímenes post neoliberales en Brasil, Perú y Argentina.
Los cambios en las configuraciones económicas de América Latina, especialmente en la expansión de los sectores agro-mineros, financieros y comerciales y la caída del sector manufacturero han tenido un profundo impacto en la forma de la estructura de clase, la organización de los sindicatos y el conflicto de clase. La afiliación a los sindicatos ha sufrido una caída estrepitosa. En Brasil, los afiliados a los sindicatos decrecieron de un 32,1% a principios de la década del 90 (previo a la elección del neoliberal Cardoso en 1994) al 17% a mediados de los 90 en la presidencia de Lula (2005). En Argentina, entre 1986 y 2005, la cantidad de afiliados a los sindicatos bajó del 48,7% al 25,4%. En México, los afiliados disminuyeron del 14% al 10% entre 1985 y 2005. Chile es la excepción: comenzó con un índice bajo del 11.6% en 1986 y aumentó al 16% en 2005. Además, la caída de la cantidad de afiliados a los sindicatos ha estado acompañada por la disminución de la cantidad de obreros industriales, especialmente en las industrias de bienes de consumo que requieren mano de obra intensiva, afectadas negativamente por importaciones de textiles, zapatos, juguetes y otros productos de bajo costo desde Asia -como parte del intercambio entre exportadores agro-mineros e importadores de manufacturas.
El debilitamiento de los sindicatos va a la par con la disminución de la influencia política en las políticas estatales y un giro hacia la reducción de los salarios y empeoramiento de las condiciones de trabajo. A raíz de ello, hay menos huelgas y estas se enfocan en reivindicaciones de índole inmediata.
Los movimientos sociales masivos ocuparon el espacio social y político de la lucha de clases que había sido dejado vacante por los obreros industriales. En el campo, el movimiento anteriormente liderado por campesinos, indígenas y los trabajadores sin tierra durante la era neoliberal fue reemplazado por las luchas urbanas lideradas por trabajadores de servicios de bajos ingresos y empleados de clase media baja en el periodo post neoliberal "tardío". Esto fue puesto en evidencia por las luchas urbanas masivas en las que participaron millones de personas en Brasil en mayo-junio de 2013.
El cambio en las luchas económicas y sociales condujo a transformaciones fundamentales en la ubicación de las luchas de clases y en las demandas socio-económicas.
Antes de la década del 90, las principales huelgas, protestas y otras actividades de clase eran organizadas en el sitio de trabajo por trabajadores empleados y afiliados a sindicatos. Durante la década del 90 el eje de la lucha se trasladó a las calles, el campo y los barrios mientras que la lucha de clases era impulsada por trabajadores rurales sin tierra, obreros desocupados y la clase media en descenso. En la primera década y media del 2000, la ubicación de la lucha de clases se focalizó en las comunidades indígenas y de las provincias aledañas a la explotación corporativa agro-minera. Las luchas se centraron en la resistencia al despojo, a la erradicación y a la destrucción del hábitat. En los movimientos urbanos de masa de las principales ciudades brasileñas confluyeron personas de la clase media baja, trabajadores informales y estudiantes. Estos se organizaron en las calles: el centro de organización y confrontación se ubica en los barrios y comunidades. El blanco de ataque es el estado post neoliberal. El poder de convocatoria de los sindicatos ha disminuido en un ratio de 20 a 1. Dos millones de trabajadores participaron en marchas de protesta contra la corrupción masiva, la asignación injusta de los recursos presupuestarios y la caída de los estándares de vida y la calidad de servicios básicos de salud, educación y transporte.
La nueva lucha de clases está conformada básicamente por la joven generación de trabajadores no sindicalizados, muchos de los cuales son trabajadores del sector informal y trabajadores de servicios con salarios bajos, alto nivel de dependencia de los servicios públicos y sin protección social del estado.
La fisonomía compleja y cambiante de la "lucha de clases desde abajo" se corresponde con la continuidad y los cambios de la "lucha de clases desde arriba".
Las clases dominantes han cambiado de postura: pasaron de tener una posición de fuerza bruta -vía dictaduras militares y regímenes ultra-autoritarios al lanzar la contrarrevolución neoliberal a principios de la década del 70 y mediados del 80- hacia una postura de apoyo a la transición negociada a políticas electorales como un medio de consolidar el modelo e implementar rápidamente la agenda neoliberal en la década del 90.
Frente a las revueltas populares contra el neoliberalismo de fines de la década del 90, la élite agro-minera apoyó a los regímenes post neoliberales de centro-izquierda y se aseguró un lugar de privilegio en el nuevo modelo, aceptando el aumento de impuestos y los pagos de royalties a cambio de vastos subsidios estatales y apropiaciones de tierra a gran escala.
Con la caída del mega-boom (después de 2012) diferentes sectores de la clase dominante adoptaron distintas estrategias: algunos, sobretodo los sectores agro-mineros de Brasil, presionaron por un regreso al neoliberalismo dentro de los regímenes de centro-izquierda; otros, especialmente la unión agro-industrial de Argentina, organizaron "protestas masivas" para deteriorar al gobierno post neoliberal y la inversión inmobiliaria y el capital financiero internacional trasladaron capital hacia sitios más lucrativos en otras regiones.
Mientras que la lucha de clases en sus múltiples expresiones es una fuerza "constante" y en movimiento que determina estrategias económicas y la dirección de la política social, la forma organizativa que adquiere ha cambiado drásticamente en la última mitad del siglo. Incluso lo que aparenta ser una organización similar ("movimientos", "sindicatos" y "movilizaciones basadas en la comunidad") posee grandes variantes en su composición interna y en su modo de operar. Para aumentar la complejidad, las organizaciones cambian con el tiempo tanto en sus estructuras como en sus relaciones con el estado, según la tendencia política del gobierno en el poder.
Vamos a examinar algunos ejemplos:
En la década del 70, los sindicatos de Chile, Argentina, Perú y Uruguay estaban altamente politizados, tenían un papel principal en la movilización y en la unión con partidos y movimientos barriales promoviendo la socialización de la economía y la resistencia a las dictaduras militares. Así mismo, durante las últimas fases de las dictaduras militares en Brasil y Perú, los sindicatos militantes participaron en huelgas masivas para acelerar el advenimiento de políticas democráticas electorales. Posteriormente, con el surgimiento de los regímenes post neoliberales, la mayoría de los sindicatos participaron en negociaciones colectivas tripartitas sobre estrechas demandas corporativas, eludiendo cualquier lucha enraizada en la comunidad sobre cuestiones sociales y, en muchos casos, respaldando las políticas gubernamentales mediante sus líderes cooptados. En otras palabras, los sindicatos han tenido en diferentes épocas tanto el papel de "vanguardias sociales" y aliados de los movimientos de masa, como de mediadores del compromiso social o el de colaboradores activos y correa de transmisión del estado. El mismo concepto organizativo de sindicato abarca respuestas contradictorias a las demandas de la lucha de clases. Lo mismo sucede con los "movimientos sociales". Desde el comienzo de los regímenes neoliberales, y durante su accionar catastrófico los movimientos sociales tuvieron un papel de liderazgo cuestionándolos y derrocándolos ante la crisis económica. Los movimientos abarcaron un amplio abanico, desde los trabajadores urbanos desempleados organizados localmente en Argentina a los movimientos indígenas comunitarios de Ecuador y Bolivia, y a los movimientos de trabajadores rurales centralizados de Brasil. Con el surgimiento de los regímenes post neoliberales y el auge del mega-ciclo, los movimientos de desocupados (piqueteros) prácticamente desaparecieron en Argentina, sectores importantes del movimiento indígena, especialmente los cocaleros de Bolivia perdieron su autonomía y pasaron a apoyar políticamente al gobierno de Evo Morales, y el movimiento MST (Movimiento de los trabajadores rurales sin tierra) disminuyó su actividad de recuperación de la tierra en pos de los subsidios económicos de los regímenes de Lula y Dilma en Brasil.
Lo que es impactante en relación al concepto de "movimientos sociales" es que cuando disminuye la lucha de clases llevada a cabo por movimientos anteriores, establecidos y/o cooptados, movimientos nuevos y vibrantes irrumpen en la escena. En Bolivia el movimiento TIPNIS lidera la lucha contra las estrategias extractivas del gobierno de Morales. En Brasil, los movimientos de masas conformados por millones de personas desafiaron las políticas, prioridades y a los políticos corruptos del gobierno de Lula-Dilma. Movimientos eco-indígenas sobrepasaron a los sindicatos y los movimientos sociales cooptados en Ecuador, Argentina, Paraguay y Perú... Nuevas organizaciones de clase y organizaciones civiles dinámicas y enraizadas en la comunidad participan en confrontaciones masivas contra las multinacionales mineras extractivas y el estado en Colombia, Perú, Ecuador y otros países.
La dinámica del capital extractivo, con sus políticas extremas de erradicación, desplazamiento y desposesión de comunidades enteras, genera alianzas interclasistas y abarcadoras que desafían el poder y las prerrogativas del estado para dictar políticas de desarrollo, al menos en relación con la explotación regional de los recursos. Con la caída del mega-ciclo extractivo y la disminución de la demanda de commodities y de sus precios, mientras el crecimiento de China, India y el resto de Asia se desacelera, regresan los signos de una lucha de clases nueva, amplia, nacional (en oposición a regional). La élite debate estrategias de clase. Los sectores del capital extractivo demandan intensificar la producción para compensar la baja de precios; otros se aseguran recortes en impuestos y costos sociales; otros, en los regímenes post neoliberales hacen llamados a un "nuevo modelo de desarrollo" frente a la movilización de las masas (Lula Da Silva en Brasil). Los gobiernos post neoliberales, temerosos de la fuga de capitales, son presionados para hacer mayores concesiones impositivas a los capitalistas, por un lado, y por el otro, sienten temor ante los movimientos urbanos masivos que exigen mejoras efectivas en los servicios públicos y el empleo; vacilan entre las concesiones sociales y la represión policial.
Dado el alto grado de dependencia inscripto dentro del modelo extractivo, cortar las conexiones gubernamentales con el comercio de commodities, y construir un nuevo modelo equilibrado requerirá de un compromiso más profundo y amplio con las clases populares y un retorno a la lucha de clases desde abajo.
Estudios de caso de la lucha de clases desde arriba y desde abajo
La lucha de clases ha sido claramente internacionalizada. La intervención imperial es una parte central de la lucha de clases desde arriba y es endémica, ya sea mediante corporaciones multinacionales, inversión y desinversión, los golpes de estado promovidos por el imperio y las políticas desestabilizadoras o las invasiones militares -directas o a través de terceros países. La lucha de clases antiimperialista desde abajo es menos prominente, pero se manifiesta en la ayuda internacional y las políticas solidarias promovidas desde Venezuela con el ALBA, reuniones internacionales de estrategia campesina, de pueblos indígenas y movimientos de solidaridad. Sin embargo, lo fundamental de la lucha de clases contra la explotación halla su expresión en los movimientos de los oprimidos y los desposeídos, quienes solo pueden contar en última instancia con los recursos de sus propias bases -a diferencia de las clases dominantes, que dependen de sus aliados imperiales estratégicos.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

06 abril 2013

Lucha de Clases: Quienes producen la riqueza y quienes se quedan con ella



Muchas veces escuchamos en boca de algunos sectores, por lo general políticos de derecha y empresarios, que la lucha de clases es un objetivo peligroso que promueven quienes buscan el caos.

Lo cierto es que desde el inicio de la historia y hasta hoy, la lucha de clases existe y por ahora la ganan los patrones, los dueños del capital. Mientras los trabajadores crean la riqueza, los dueños de los medios de producción son los que se quedan con ella, es la norma básica del capitalismo y la base de donde parte el antagonismo entre la clase trabajadora y los patrones.

Veamos cómo se da hoy esta lucha de clases en el Paraguay y también conozcamos quienes van ganando en esta “guerra”.

Según las estadísticas proporcionadas por el Ministerio de Hacienda en el año 2008 se han recaudado en concepto de Impuesto a la Renta de las Empresas, conocido como IRACIS unos 1.543.387 millones de guaraníes. Para el año 2011 el mismo impuesto con la misma modalidad de pago ha llegado a recaudar 2.538.485 millones de guaraníes, es decir cerca de un 70% más.

Vale mencionar que el IRACIS es un impuesto que, como su nombre lo indica, pagan las empresas de su renta o ganancia neta. Entonces, las empresas deben pagar en concepto de impuesto un 10% de lo que ganan, luego de deducir los costos de salarios y otros gastos.

Lo que nos indican estos datos es que la renta o ganancia de las empresas en nuestro país ha crecido en los años señalados (2008 al 2011). Este aumento en las ganancias significa que los trabajadores paraguayos han logrado generar mayor riqueza, pero como es norma en el sistema capitalista la misma fue a parar al bolsillo de los dueños de los medios de producción, de los patrones.

De todos modos esto no sonaría tan espeluznante si tan solo los patrones compartieran algo de ese 70% más de ganancia que han obtenido gracias al trabajo de sus obreros, pero no es asi. Fijémonos en que ha ocurrido con la ganancia de los trabajadores en ese mismo periodo de tiempo: Entre 2008 y 2011 el salario mínimo ha aumentado en un 22%, distibuidos de la siguiente manera 5% en 2009, 7% en 2010 y 10% hace exactamente dos años en Abril del 2011; sin embargo esto no ha significado un aumento en la ganancia de los trabajadores, ya que según el Banco Central del Paraguay el Índice de Precios al Consumidor, ha subido en exactamente igual porcentaje en el mismo periodo de tiempo, o sea, el salario solo ha sido reajustado para equilibrar las pérdidas que había sufrido, no hay mayor ganancia para los trabajadores, no hay mayor capacidad de mejora de la calidad de vida.

Vale mencionar también que estas cifras nos demuestran cuan falaz es aquel viejo discurso de que el salario no puede aumentarse por que los precios aumentarían. Con una ganancia de cerca del 70% más en cuatro años, que nos da un aumento en sus ganancias de más del 15% al año, los patrones están en condiciones de absorber, sin transferir a los precios, un aumento salarial que signifique un crecimiento real de las ganancias de los trabajadores.

En síntesis podemos observar de clara forma como unos, los dueños del capital, se hacen cada vez más ricos, ganan más y viven mejor. Mientras los otros, los trabajadores creadores de las riquezas, ven como sus ganancias y su calidad de vida no solo se estancan si no que terminan por hundirse.

Creo que para cerrar este artículo cabria quizás recurrir a una frase utilizada por la Federación Sindical Mundial:

“La riqueza pertenece a quienes la producen. Un mundo sin trabajadores es imposible, un mundo sin capitalistas es necesario”.

Blog del autor: http://mundosindicalpy.blogspot.ca
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

22 mayo 2009

lucha de clases

Las luchas de clases no pasaron de moda (aunque nos lo quieran hacer creer)


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí.


“Las luchas de clases no pasaron de moda”. Es quizá inusual titular así un artículo de opinión. Inusual, o tal vez irrespetuoso. Pero necesario. ¿Por qué?

En el desarrollo del pensamiento occidental va surgiendo desde hace tiempo, antes de Marx incluso, una corriente que toma lo social como objeto de reflexión. Con distintas lecturas y con diferentes objetivos perseguidos, muchos autores van haciendo del todo social un campo de estudio. Lo investigan, lo desmenuzan, ponen sobre él el ojo crítico transformándolo así en un nuevo sector del saber; antes aún de llamar a eso “ciencias sociales” (ya entrado el siglo XX), va ganando solidez y profundidad el pensamiento en torno a ese problema novedoso en la historia, apareciendo así líneas de desarrollo con autonomía y pretensión de mayoría de edad en el campo de los saberes.

Surgen entonces la economía política, la sociología, la ciencia política como proyectos epistemológicos independientes. En ese movimiento, desde distintos referentes teóricos (filósofos como Hegel, economistas como Adam Smith o humanistas varios que vienen desde el Iluminismo francés en adelante), en todos los casos sin el más mínimo ánimo de transformación social, aparecen conceptos novedosos en la historia del pensamiento: explotación del trabajo, plusvalía, conflicto social, dialéctica del amo y del esclavo, gobierno del pueblo. Fue Carlos Marx quien da un salto y propone una línea de acción política definida para cambiar el estado de cosas a partir de esos conceptos, fundando lo que él llamó materialismo histórico. Pero todo ese fermento de cambio ya estaba en el pensamiento de su época. La idea de lucha de clases, se expresara abiertamente o no, es algo que recorre buena parte del pensamiento político-filosófico occidental moderno.

Más allá del ámbito académico o intelectual en sentido amplio, la idea de lucha de clases es algo desde siempre conocido por los poderes, por las clases dominantes. Parafraseando a Hegel podría decirse que “el amo tiembla aterrorizado ante el esclavo, porque sabe que tiene los días contados”, lo cual no expresa sino la estructura más íntima de las relaciones de clases: quienes detentan el poder saben que lo hacen a base de un forzamiento, y que para ello necesitan día a día estar renovando ese estado de explotación. Como justamente saben que hay una inequidad no natural en juego –mantenida a base de fuerza (el engaño de la ideología, y cuando es necesario: la represión con fuerza bruta)– la cuerda en tensión puede romperse en cualquier momento. La explotación de clase se mantiene en un equilibrio inestable, pues siempre los explotados pueden rebelarse.

Esa tensión perpetua que rige todo el edificio social es lo que mantiene en vilo a las clases explotadoras; si no, no serían necesarias fuerzas armadas de seguridad ni todo el dispositivo que día a día invisibiliza la explotación, manteniéndola. Como el amo sabe que alguna vez el esclavo puede abrir los ojos y levantarse, día a día debe renovar sus mecanismos de seguridad para la defensa de sus privilegios, pero sabiendo siempre que eso no puede ser eterno. De ahí que, aunque mantiene altanero sus prerrogativas, tiembla porque sabe que alguna vez puede perderlas. La historia de la humanidad no es sino una continua lucha donde los detentadores del poder defienden a muerte sus beneficios de clase social contra los que no las tienen, por miedo a que se las arrebaten.

Esto es viejo como la humanidad. O, al menos, viejo como la humanidad desde que existen clases sociales, cuando el trabajo empezó a generar excedentes y alguien (el más fuerte, el más astuto, el más aprovechado…) se los apropió. Las luchas entre grupos sociales diferenciados no es un invento moderno. Pero sí lo es, sin dudas, su tematización como objeto de estudio, como referencia en el discurso. En la historia de nuestra especie no fue necesario en ningún momento que emperador alguno, rey o señor feudal, en cualquier faz del planeta, escribiera o hiciera escribir qué son las luchas de clases. Simplemente se limitó a ejercer su poderío, explotación mediante, dando por supuesto que el mundo está estratificado, que “la chusma” trabaja y que los poderosos usufructúan el producto de ese trabajo. Cuando ese mecanismo íntimo de las sociedades comienza a ser puesto como un objeto de estudio, surge un pensamiento político novedoso, pero que no necesariamente lleva a la proclama transformadora de la sociedad. Cuando Hegel, por ejemplo, formula la “dialéctica del amo y del esclavo” en el capítulo IV de la “Fenomenología del Espíritu”, en 1807, tocando el núcleo de las relaciones de poder entre los seres humanos, no está haciendo un llamado a revolucionar esas relaciones. Fue Carlos Marx el que lo hace, pero no porque descubriera que “las luchas de clases son el motor de la historia” sino porque ese conocimiento lo toma como punto de partida para un proyecto político, novedoso en su momento, un proyecto que es más que científico.

Decíamos que puede resultar absurdo afirmar que las luchas de clases “no han pasado de moda”. Obviamente no pasaron de moda, claro está. ¿Por qué esta aseveración entonces, rayana casi en lo ridículo? Por cierto, tiene un sentido el día de hoy: de lo que se trata es de recordar que ellas salieron del campo del discurso, no se las menciona, se las invisibiliza como asunto a discutir. Y lo que no se menciona, no existe.

Por supuesto que las luchas de clases siguen siendo el motor de la historia. ¿Alguien en su sano juicio podría negarlo? Lo importante a destacar –y esa es la razón de un título que, además de absurdo, pretende ser provocativo– es que hoy día, caídas las primeras experiencias socialistas del siglo XX y con un aparente triunfo absoluto del capitalismo, las ciencias sociales y la práctica política se han “amansado”. Al decretarse el presunto fin de las ideologías algunos años atrás, todas las ciencias contestatarias, aquellas que hacían de la denuncia social su razón de ser, quedaron algo huérfanas, sin referentes, perdidas. Fue así que en el campo de las ideas, en el ámbito del pensamiento crítico, en la academia, la noción de lucha de clases pareció opacarse. Hijos del pensamiento mágico-animista como seguimos siendo en algunos aspectos, la ilusión generalizada es que al no mencionar algo, no existe. Falacia insostenible a todas luces, pero lo humano no se rige sólo por la racionalidad. Si no, no podrían entenderse innumerables actitudes y comportamientos, totalmente irracionales vistos con la vara de la razón, que es la razón moderna, occidental, científico-técnica (que, además, es de tez blanca y en versión siempre varonil).

Por cierto que es irracional, desde el punto de vista del desarrollo de las ciencias sociales, abandonar el concepto de lucha de clases. Pero vemos que eso es lo que ha estado sucediendo en las últimas décadas del pasado siglo. Ahora bien: ¿irracional, o tendenciosamente manipulado, producto de los tiempos políticos que corren?

Caído el muro de Berlín, y con esa caída todo lo que ello significó –esperanzas y valores de justicia también caídos– el discurso de la derecha se sintió triunfal. En un sentido, claro está, lo fue. Aunque el capitalismo como sistema sigue sin ofrecer salidas para la totalidad de la humanidad –no sólo porque no quiere, sino porque no puede–, y aunque ahora, ya hacia fines de la primera década del siglo XXI vuelve a empantanarse de una manera fatal con todas las consecuencias monstruosas que ello podrá acarrear (¿una tercera guerra mundial quizá?), el discurso dominante, la cultura, el campo del quehacer académico sigue aún imbuido de las modas intelectuales dominantes en estos últimos años. Y en esa agenda adoradora del libre mercado, individualista, irresponsablemente consumista, salió de circulación aquello de “lucha de clases”.

Salió de circulación del mundillo académico, de los programas de estudio, del decir de las ciencias sociales, de muchos actores políticos inclusive. Pero ahí sigue estando. Aunque parezca tonto insistir en ello, es necesario, imprescindible agregaríamos, porque la tendencia actual la ha ido desdibujando a punto de intentar hacerla pasar al museo como rareza del pasado. Hoy día la línea dominante, cuando no es abiertamente neoliberal y apologista de la empresa privada, es complaciente con el sistema económico. Y es en esa lógica que se van inscribiendo las nuevas tendencias, las nuevas modas intelectuales. Ciencias sociales que no denuncian, que sólo sonríen al poder.

Sin negar en absoluto la pertinencia de nuevos sujetos teóricos y prácticos en el campo de las ciencias sociales como son todo tipo de exclusión (léase: discriminación de género, discriminación étnica), pareciera que estos nuevos campos dominan todo habiendo esfumado el tema de clases. ¿Es que acaso se resolvieron las contradicciones de clase?

Decir esto no pretende sino mantener viva la problemática que define todo el edificio social: las contradicciones de clases económicas siguen siendo el motor de la historia. De todos modos hoy, dadas las actuales circunstancias de agotamiento de los primeros modelos socialistas y aparente triunfo de la libre empresa (¡aparente!, por supuesto, porque tres cuartas partes de la humanidad siguen viviendo en condiciones de precariedad, aunque sean hijas de la economía de mercado), las contradicciones de clases han salido del discurso, no se las nombra, se las busca olvidar.

Desde hace algunos años, justamente desde que fue proclamado el “fin de la historia” con el grito triunfal de la globalización capitalista neoliberal, los conflictos sociales se ven con desconfianza (al menos, los poderes los ven así). Sin hacer una apología de la violencia, no deja de tener algo de ingenuidad el furioso llamado que se hace a la “resolución pacífica de los conflictos”. ¿Está fuera de moda hablar de lucha de clases entonces? ¿Es de mal gusto? Esa pareciera ser la tónica dominante: de Marx (Carlos Enrique, el pensador alemán fundador del socialismo científico, 1818-1883, ese judío de nacimiento que vivió buena parte de su vida en Londres) hemos ido a parar a marc’s (métodos alternativos de resolución de conflictos). ¿Y cómo se “resuelven” alternativamente las contradicciones de clase? ¿Alguien podrá decirlo con visos de seriedad? ¿O de eso no se habla?

Por supuesto, sin ningún lugar a dudas, la cuestión de género y la cuestión étnica tienen una importancia mayúscula. Incluso, en honor a la verdad, es sano tener en cuenta que el marxismo clásico tuvo estos puntos como asignaturas pendientes, que hay ahí una deuda histórica desde las izquierdas. Pero que todo se va a solucionar atacando estos factores, como mínimo es ingenuo. Solidario de eso es la visión de la pobreza como “cuerpo extraño”, como mal en sí mismo que habría que atacar. Pero la lucha ¿será contra la pobreza... o contra la injusticia? No se puede arreglar la primera sin resolver la segunda.

El visceral odio de clase de los explotadores, los que juegan golf y viajan en jets privados, los que viven de la explotación del trabajo de las grandes mayorías y no se lavan la ropa interior ni cocinan lo que comen, ¿acaso terminó? O más aún –esto es el nudo gordiano del asunto– el miedo estructural de las clases poseedoras, miedo a que alguna vez el “pobrerío” levante la voz, no ha terminado. “El amo tiembla aterrorizado ante el esclavo porque sabe que tiene sus días contados”. Mientras haya clases sociales, mientras haya propiedad privada de los medios de producción que defender, ese miedo seguirá presente. Y ello aunque haya quien diga que seguir pensando en lucha de clases sea algo del pasado.

Entonces, simplemente eso: recordémoslo, no olvidemos cómo está hecho el mundo y la causa de buena parte de nuestras desventuras. Que las modas intelectuales no terminen siendo eso: modas que se imponen. Mantengamos viva la esperanza en un mundo mejor, aunque para ello lamentablemente tengamos que seguir recordando que para llegar ahí hay que superar la sociedad de clases, lo cual implica lucha, mucha lucha. Porque, definitivamente, aquellos que siguen jugando golf y viajando en jets privados, aunque seamos civilizados e intentemos arreglar pacíficamente los conflictos, no cederán un milímetro de sus privilegios de buena gana. Al contrario, reaccionarán como siempre lo han hecho cada vez que se les cuestione. Lo cual, para concluir, no hace sino recordarnos que las clases siguen ahí.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=85778

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